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Un relato de Eduardo Muñoz
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El piano eléctrico
Eduardo Muñoz García



 El piano eléctrico

Las escaleras mecánicas habían fallado una vez más en aquella estación de metro. De vez en cuando descendía alguna persona sin sorprenderse por la presencia de dos chiquillos que, apoyados en la pared, permanecían inmóviles mientras escuchaban la canción de una viejita que se acompañaba de un desafinado piano alimentado por una batería.  La armoniosa voz de aquella mujer ciega contrastaba con las destempladas notas que emanaban del instrumento. Junto a ella reposaba un sombrero de fieltro negro vuelto hacia arriba. La gente suspendía la respiración cuando le alcanzaba aquella sedante canción. No era de extrañar que al final de la jornada aquel gracioso sombrerillo se encontrase repleto de monedas.

 

 Los dos pilluelos aprovecharon un intervalo en que ningún viajero aparecía a la vista, y de común acuerdo, uno se apoderó del pequeño instrumento, mientras otro asía el sombrero, corriendo escaleras arriba hasta perderse entre el gentío. De nada sirvió el sollozo de la invidente, ni su alerta a los vigilantes, pues nadie pudo alcanzar a aquellos rapaces.

 

En la jornada posterior, la voz de aquella mujer resonaba desnuda bajo la bóveda de la estación. Aquellas notas suspirantes denotaban su turbación interior. El silencio de las escaleras inmóviles arrullaba sus canciones y la gente, conmovida, depositaba su óbolo en la funda que había albergado su pianola.

 

Los pillastres habían regresado, confundidos entre los viajeros. Uno se situó en la esquina que dominaba el andén para avisar cuando no se aproximase nadie. El otro, en el momento adecuado, aferró la funda con las monedas y corrió sin detenerse para unirse a su cómplice en el sitio concertado.

 

Los dos adolescentes con sus trajes ajados y la expresión de hambre en sus rostros deambularon por las céntricas calles saturadas de tiendas que exhibían toda la gama existente de artículos capaces de atraer su atención. Con los bolsillos repletos de dinero sentían un irrefrenable impulso de  gastarlo cuanto antes.

 

El día siguiente una sonrisa iluminaba la cara pálida de los dos mozalbetes. Juntos acechaban, mientras oían la dulce y desgarrada voz de la anciana. Uno de ellos se cubría con el sombrerillo robado. El otro portaba un pequeño envoltorio. Las monedas estaban esparcidas sobre un paño oscuro colocado en el suelo.

 

Aprovechando un instante en que no pasaba nadie, los dos muchachos, con movimientos rápidos, se aproximaron a su víctima. Mientras uno, tras descubrirse, recogía las monedas y las dejaba caer en el sombrero, que depositaba a los pies de la anciana, el otro extraía de su funda un refulgente piano nuevo y lo emplazaba delante de la viejita.

 

Ella  percibió el gesto. Sus manos se extendieron. Le hubiese gustado palpar  la cara de sus benefactores, pero solo pudieron recoger las lágrimas que lamían sus propias mejillas.

 

Los chicos corrieron juntos hacia la salida. Las escaleras mecánicas recuperaron su movimiento, acompañando el eco alegre de sus risas. No podían disimular el entusiasmo que les dominaba. Nada más llegar a  la superficie el destello de sus ojos se nubló, no por el relente del atardecer sino por el frío contacto de los grilletes que los policías encadenaban a sus manos.

     




Eduardo Muñoz García

Nacido en Madrid en 1942. Es Licenciado en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada por la Universidad Complutense de Madrid y Máster en Estudios Interculturales y Literarios por la misma universidad. Actualmente prepara un proyecto de tesis doctoral en la Facultad de Ciencias de la Información.

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