Los que bebemos del pozo, no hemos de olvidar a aquellos que lo cavaron - Refrán chino



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Paraíso perdido
Dos relatos de Blanca Álvarez
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El tiovivo
El refugio
Blanca Álvarez de Toledo



El tiovivo


 


FOTO: Alberto P. Veiga / http://media.photobucket.com/image/tiovivo/albertopveiga/tiovivo.jpg  

 

  Laura veía el mundo distinto desde ahí arriba: su madre desaparecía para volver a aparecer al cabo de unos segundos, saludándola con la mano y sin dejar de sonreír; los coches se sucedían unos a otros a una velocidad vertiginosa, formando una estela inacabable de distintos colores, como si se tratara del arco iris; el señor de barba nunca se movía de su sitio, sentado donde los mandos, en una especie de caseta gris. Su cara, igual que la de su madre, aparecía y desaparecía una y otra vez, sólo que la de él no tan claramente, porque había veces en que la ventanilla de la caseta estaba sucia, o simplemente se empañaba con la lluvia, y Laura apenas podía distinguir la silueta del viejo. Sin embargo, estaba segura de que también le sonreía, aunque fuera una sonrisa distinta de la de su madre. Y era por eso por lo que no podía evitar mirar hacia la caseta cada vez que pasaba frente a ella, porque era como si aquel señor sonriera con la boca, con la barba, con los ojos, con todo lo que, a través del cristal, podía ver de él.

 

El viento despeinaba su pelo y, en los días de más frío, notaba como si le cortara la cara, y tenía que cerrar los ojos para que no se le llenaran de lágrimas. Así, con los ojos cerrados, le parecía que volaba en círculos interminables, como una de esas águilas que veía en el pueblo. Y la cancioncita que se repetía una y otra vez desaparecía, porque sólo podía oír el zumbido del viento en sus oídos. Pero en seguida volvía a abrir los ojos, porque no quería perderse la cara sonriente del señor de la caseta.

 

El caballo rosa era su preferido, aunque, cuando se hizo más mayor, decidió cambiarlo por el coche descapotable. Luego fue cada vez una figura distinta y llegó un momento en que ya había probado todos los medios de transporte del tiovivo, y volvía a empezar por el caballito rosa con el mismo entusiasmo que la primera vez.


Su madre siempre acababa cediendo a los ruegos de su hija. Ni siquiera su padre podía negarse al ver aquella carita de emoción, con los ojos bien abiertos y las mejillas encendidas, como si por dentro hubiera estallado un volcán. Por eso, llegó un momento en que evitaban siempre pasar por delante del carrusel, salvo cuando era estrictamente necesario o cuando querían hacerle aquel regalo a la niña, casi siempre los domingos.

 

Uno de esos domingos se encontraron con que el tiovivo estaba cerrado, tapado con una inmensa lona azul. La sonrisa de Laura se desvaneció y su mirada se dirigió hacia la caseta. Estaba cerrada y no había ni rastro del señor de barba. Desprendiéndose de las manos de sus padres, corrió a asomarse por la ventanilla y distinguió una especie de cama minúscula con algunas mantas revueltas por el suelo y unos cuantos trastos más. Y comenzó a llorar desconsolada, porque no había señal del hombre ni de su sonrisa por ninguna parte. Y porque había visto que la cama del señor era más pequeña que la suya, a pesar de que ella era mucho más bajita; y que no tenía ningún edredón como el suyo, y eso que todos decían que estaban en los días más fríos del invierno.   

 

 

***

 

Laura veía las figuras pasar ante sus ojos como manchas confusas en medio de la noche. El viento le daba con fuerza en la cara y pensó que le venía bien para despejarse, porque los efectos del alcohol ya se estaban empezando a notar. El peinado que le habían hecho en la peluquería había desaparecido por completo, pero no le importó, porque ya lo habían visto todos, y Javi ya le había dicho lo guapa que estaba. En realidad, se lo habían dicho muchos aquella noche desde que salió de su casa. Menos mal que su padre no la vio salir, porque le habría hecho quitarse aquella minifalda, y habría comenzado la noche de mal humor. Laura sonrió al recordar la frase que le lanzó su madre desde el cuarto de estar mientras abría la puerta para irse: «No llegues demasiado tarde». Habitualmente asentía con cierta gracia, pero aquella vez había fingido no oírla, porque acababan de terminar los exámenes y eran las fiestas del barrio, así que cerró la puerta de su casa dispuesta a pasar una noche muy larga. El concierto había estado muy bien, y el calimocho no escaseaba, como otras veces. Después, el calimocho dejó paso a otra mezcla indefinida de sustancias cuya identidad no quiso conocer. Javi se encargaba de proveerla, y ella se limitaba a coger el vaso de plástico con una sonrisa y a dejarse besar en el cuello, como a él le gustaba.

 

Laura se sobresaltó al darse cuenta de que Javi ya no estaba a su lado. Le buscó con la mirada entre las otras figuras del tiovivo. Se había bajado de su caballito y ahora bromeaba con otros amigos subido en un carruaje. Laura vio cómo sacaba un rotulador y empezaba a escribir en el tiovivo.

 

-Éste te lo dedico, Laura –gritó Javi mientras escribía su nombre y le lanzaba un beso al aire.

 

Laura sonrió, pero de pronto se sintió estúpida y decidió desviar la mirada. No entendía esa manía de las pintadas, y menos en un tiovivo, donde al día siguiente se subirían niños. Automáticamente, miró hacia la caseta del dueño, temiendo que sus amigos fueran descubiertos. La caseta también estaba repleta de graffitis y, a través de la ventanilla, un hombre la miraba fijamente esbozando algo parecido a una sonrisa. Tenía el pelo lleno de rastas y en el hombro un tatuaje con forma de calavera gigante. Una de las veces que Laura pasó frente a él montada en su caballito, le dijo algo que no alcanzó a entender. Javi sí que debió entenderlo, porque justo entonces dejó el rotulador y empezó a gritarle todo tipo de tacos.

 

Laura quiso bajarse de ahí, pero el tiovivo no paraba, y la gente gritaba cada vez más, y la música era ensordecedora, como un millón de tambores que retumbaban en su oído. Se estaba mareando. Probó a cerrar los ojos y entonces tuvo una sensación extrañamente familiar, como si volara en círculos interminables. Y sonrió sin darse cuenta, porque acababa de acordarse de un tiovivo muy distinto de aquél, con un caballito rosa y una caseta sin graffitis, desde la que un anciano la sonreía como nadie nunca la volvió a sonreír. Luego, algunas lágrimas comenzaron a caer por sus mejillas, al acordarse de aquella lona azul que un día, tras la muerte de aquel hombre, cubrió el carrusel para siempre. Y ya no volvió a ver aquel tiovivo nunca más: alguien se lo llevó de allí, probablemente en busca de algún otro anciano dispuesto a sonreír a los niños de aquella manera. Porque ese hombre sonreía con los labios, con la barba, con los ojos, con todas las partes de su cuerpo, como si toda su vida se alimentara de eso, de ver pasar niños ilusionados una, dos, tres, mil veces.

 

Cuando al fin paró, Laura abrió los ojos y se encontró a Javi a su lado, que la ayudaba a bajar del caballo. No se había fijado antes, pero era un caballo de color rosa. Aquello la hizo sonreír.

 

-Tengo que irme –dijo, nada más bajarse.

 

-¿Por qué? ¿No te habrá molestado el tío ése, verdad?

 

Laura miró hacia la cabina. El hombre seguía con la vista fija en ella, y ahora le hacía un gesto con la mano para que se acercara. Laura vio sus dientes amarillentos aparecer cuando esbozó una sonrisa. La calavera de su hombro también sonreía, y de su boca salía una especie de serpiente. Sintió una oleada de asco y lástima.

 

-No, simplemente me tengo que ir.

 

Y le explicó que su madre le había pedido que llegara pronto a casa.

 

Antes de cruzar de acera, se dio la vuelta. Javi ya se había lanzado al cuello de otra, el hombre de la calavera tenía una nueva a quien mirar y el tiovivo volvía a emprender su giro interminable, sólo que Laura ya se había bajado de él. Nada más cruzar la acera respiró aliviada, como si se hubiera quitado un peso de encima.

 



 
El refugio



     FOTO: Alberto P. Veiga /
www.flickr.com

         Aquél era su lugar favorito. Sólo él y Fran sabían de su existencia, y habían hecho la promesa de no enseñárselo a nadie más. Bueno, en realidad los padres de Fran también lo conocían, porque estaba justo debajo de su casa. A Javi siempre le había llamado la atención aquella casa. Le hacía mucha gracia que en el pueblo algunos dijeran que estaba encantada, pero más gracia aún le hacía comprobar que los que se tomaban esto a broma eran los que nunca se acercaban a ella. Ni a la casa ni a sus habitantes, como si tuvieran miedo a mezclarse con vampiros o con algo por el estilo. La familia de Fran había aprendido a reírse de la situación, que parecía realmente sacada de una película de miedo.

 

Javi recordaba perfectamente la llegada de los nuevos inquilinos. Lo primero que sintió fue una oleada de envidia hacia aquel chico alto y delgado que salía del coche. Se lo imaginó colocando sus cosas en una habitación ovalada, la que correspondía a la parte alta de la casa, lo que más tarde llamarían entre ellos «el torreón». Luego, la envidia dejó paso a una especie de resentimiento, porque aquel lugar dejaría de ser suyo, de su imaginación, de su fantasía, y pasaría a tener unos dueños de carne y hueso, y nunca más podría colarse en aquella cueva. Lamentaría no volver a sentir el sonido del río retumbar en aquellas paredes de piedra, que parecían las paredes de un calabozo. Y sintió que la rabia se extendía por todo su cuerpo cuando tres figuras metieron una llave en la cerradura y entraban en aquella casa, destronándole de sus fantasías. Se sintió robado, ofendido, insultado. Era mucho peor que los insultos de sus compañeros de clase; porque estos últimos siempre estarían, pero ya no podría silenciarlos con el ruido de la corriente entre aquellas paredes de piedra.

 

-Hijo mío, ¿qué te pasa? –le había preguntado su madre.

 

Javi se frotó rápidamente los ojos con las manos, y sintió un escozor en las mejillas.

 

-Nada, mamá, que tengo sueño. Me voy a la cama.

 

Y le dio el beso de buenas noches.

 

Cuando al día siguiente Javi entró en clase, no podía creer lo que veían sus ojos: allí, en un pupitre al lado del suyo, en la última fila, estaba sentado el chico alto y delgado que vio desde la ventana; el mismo que dormía en aquella habitación que se había imaginado tantas veces, desde la que se podría ver el río y escuchar la corriente casi tan bien como desde la cueva. Respondió a su saludo secamente y no volvieron a hablar en toda la hora. Javi no pudo concentrarse en las matemáticas. El enfado había dejado paso a una creciente curiosidad. ¿Sería la habitación como él la había imaginado? ¿Se subiría a ella por unas escaleras de caracol? Pero lo más importante: ¿podía verse el río desde la ventana, o los árboles lo tapaban? Quizá así tuviera hasta más emoción, ya que entonces sólo podría oírse el ruido de la corriente, y lo demás habría que imaginárselo.

 

Cuando terminó la segunda clase, Javi no pudo contenerse más, y le confesó que eran vecinos, que le había visto la noche anterior entrar en la casa.

 

-Si, ya lo sé –dijo Fran. –Vi cómo mirabas desde la ventana.

 

Javi se acordó de las lágrimas que no había podido ocultar a su madre, pero le tranquilizó pensar que Fran, desde tan lejos, no las habría podido ver. Luego estuvieron todo el recreo hablando y Javi no cabía en sí de felicidad cuando Fran le propuso que fuera aquella tarde a la casa, que si tanto le interesaba no tenía más que verla con sus propios ojos. Las horas que quedaban de clase se le hicieron interminables, y en más de una ocasión el profesor tuvo que mandarles callar, porque Javi no paraba de preguntar cosas.

 

-Ya lo verás tú mismo –le decía Fran pacientemente.

 

Y, efectivamente, Javi vio, poco tiempo después, las escaleras de caracol desvencijadas por el tiempo; la habitación ovalada que comenzaron a llamar «el torreón»; las paredes de piedra y el río a través de la ventana, porque los árboles no estaban muy frondosos en aquella época del año y dejaban ver el agua cayendo en pequeñas cascadas. Todo era tal y como lo había imaginado.

 

-Vamos a la cueva –propuso Javi eufórico después de merendar.

 

Fran le miró extrañado.

 

-¿Aún no conoces la cueva? –preguntó Javi, incrédulo.

 

Y le llevó a su lugar favorito, que estaba al lado del río y que era como una continuación de aquellas paredes de piedra, sólo que medio derruidas y ocultas por la maleza. Se accedía atravesando una pequeña arcada cubierta de musgo.

 

-¡¡Guau...!! Parecen las mazmorras de un castillo -dijo Fran sin contener la sorpresa.

 

Y aquella vez jugaron a que estaban presos injustamente por haber robado comida para dar a los pobres, como dos Robin Hoods inventando el modo de escapar de allí. Y comenzaron a llamar a aquel lugar «el refugio».

 

-¿Ya has acabado los deberes?

 

Javi contestó que sí a su madre desde la puerta y salió corriendo hacia la casa vecina. La madre de Fran le abrió la puerta, con aquella sonrisa que nunca desaparecía, hasta el punto de que Javi se llegó a preguntar más de una vez si no le saldrían agujetas en la mandíbula. Fran estaba acabando unos ejercicios de matemáticas en su habitación. Al pobre Fran le costaba más hacer los deberes. Javi siempre le ayudaba, sobre todo con los problemas de matemáticas, también porque así podrían irse antes a jugar.

 

Aquella tarde fueron dos náufragos en una isla desierta. Protegidos por las paredes y el techo de piedra, veían la lluvia caer cada vez con más fuerza. El río bajaba violentamente, y el sonido de la corriente se confundía con el de los truenos. La tranquilidad de la conversación de aquellos dos náufragos contrastaba con el ambiente que reinaba fuera de la cueva. Hablaban de las clases, de sus padres, de lo que querían ser de mayores, y de vez en cuando dejaban hablar al río o a la lluvia, porque producían un extraño eco entre aquellas paredes de piedra. Fue en uno de esos momentos cuando oyeron que alguien gritaba sus nombres. Se levantaron rápidamente y, después de ponerse las capuchas, corrieron hacia la casa. El suelo estaba embarrado y tenían que agarrarse para no resbalar. La madre de Fran estaba esperándolos en las escaleras de la entrada. Javi se fijó en que aquélla no era su sonrisa de siempre; parecía la sonrisa de otra mujer puesta en su cara.

 

-Acaba de llamar tu madre –le dijo, en cuanto entraron en el vestíbulo. –Dice que vayas ya a casa.

 

Javi pensó que la lluvia repentina habría asustado a su madre, porque él siempre estaba cogiendo resfriados, así que no le extrañó. Pero, en cuanto entró en su casa, supo que algo no iba bien. Su padre ya había llegado del trabajo, y estaba fumando en el sofá. Su madre, que acababa de abrirle la puerta, le dijo que se sentara un rato con ellos, que tenían algo que decirle. Fue su padre quien habló primero:

 

-Javi, nos mudamos de casa. Me han ofrecido trabajo en Madrid, así que mañana mismo hacemos las maletas.

 

Javi se sintió más náufrago que hacía unos minutos. Se imaginó que seguía en el refugio y que todo aquello era parte del juego. Luego, cuando su madre le acarició la cabeza, sintió que las lágrimas corrían por sus mejillas y supo que aquello sí que era real.

 

...

 

Iban a ser las vacaciones más largas de su vida, o al menos eso decían todos los que acababan de examinarse con Javi de Selectividad. Sus padres se habían cogido el mes de julio de vacaciones con la idea de pasarlo tranquilos en el pueblo. Javi no sabía si alegrarse o no. Durante todo el viaje estuvo sintiendo un hormigueo en el estómago que no le dejaba en paz. Le hacía ilusión volver a ver a Fran, pero no sabría qué decirle después de tanto tiempo incomunicados. Aquellas cartas que se escribieron los primeros meses después de su marcha era el único testimonio de su amistad. Estuvo todo el camino ensayando posibles saludos, y hasta se le ocurrió pensar qué ocurriría si no se reconocieran. Luego, la vista del pueblo, del río y de las montañas le hizo sonreír, desapareció el hormigueo en el estómago y no volvió a preocuparse de lo que le diría a Fran, porque era un día soleado y el campo estaba lleno de flores.

 

Su casa estaba bastante cambiada. Se veía a la legua que los inquilinos no tenían el mismo gusto que ellos, y habían aprovechado aquellos diez años de silencio de la familia para hacer cambios de mobiliario y hasta alguna que otra pequeña reforma. Pero a Javi no le importó demasiado, ni siquiera cuando entró en su cuarto y lo encontró pintado de rosa con una colcha de flores y volantes por todos lados. Casi sonriendo, dejó su maleta de cualquier manera y se encaminó hacia la casa vecina. Su aspecto seguía siendo el mismo. Las paredes de piedra, la verja oxidada de la entrada, los escalones desvencijados... Todo estaba exactamente como lo recordaba. El sonido del timbre al apretar el botón le hizo sentirse un poco nervioso. Luego oyó una voz de mujer que decía «ya voy» y, acto seguido, se encontró frente a la madre de Fran. Javi se quedó completamente mudo, porque la sonrisa había desaparecido de aquella mujer, y en su lugar habían aparecido unas arrugas en la comisura de los labios y entre las cejas. Su expresión había cambiado completamente, pero la figura era la misma, y la voz, y el modo como le abrazó en cuanto le reconoció. Incluso le pareció ver un esbozo de su antigua sonrisa, aunque sólo duró una milésima de segundo, porque justo entonces le preguntó por Fran, y ella bajó la mirada y volvió a fruncir las cejas, formando esas horribles arrugas en su frente.

 

-Está durmiendo aún. No sabíamos que vendrías, si no ya se habría levantado...

 

Javi miró el reloj instintivamente y la madre añadió, como para disculpar a su hijo, que la noche anterior fueron las fiestas del pueblo y que Fran había llegado a casa cuando ya amanecía.

 

-Pero ahora mismo voy a avisarle. Ya verás lo contento que se va a poner.

 

Javi aprovechó para ir al lugar que más deseaba ver. Mientras atravesaba el jardín, se acordó de aquella promesa que hicieron de niños de no enseñar aquel lugar a nadie más. Pensó en los buenos ratos que habían pasado juntos, y se rió de su ingenuidad jugando a cosas imposibles, y el corazón se le aceleraba a medida que iba oyendo más claramente la corriente del río. La maleza había crecido mucho, y tenía que estar constantemente esquivando árboles y agachándose para no darse con las ramas. Javi se preguntó qué habría crecido más, si la naturaleza o él mismo, y no pudo evitar esbozar una sonrisa. Al fin, tras las ramas de un sauce llorón, encontró el refugio. La sonrisa se borró de sus labios y fue como si un fuego se extendiera dentro de él hasta abrasar cada uno de sus miembros. Luego, la rabia dejó paso a una enorme pena, o se mezclaron los dos sentimientos, porque sus ojos se empañaron ligeramente, y a duras penas podía distinguir todas aquella cosas que había por el suelo: botellas de vino y de cerveza, vasos gigantes de plástico, latas de coca-cola, restos de cigarros y algunas bolsas de patatas fritas. Las paredes de piedra estaban llenas de graffitis. El nombre de su amigo se destacaba sobre todos los demás y, en cuanto lo leyó, se dejó caer en uno de los bancos de piedra y cerró los ojos completamente abatido.

 

El ruido de la corriente seguía siendo el mismo y, de pronto, se sintió reconfortado, como cuando de niño pasaba frío en su cama y su madre le ponía una manta de más y le daba el beso de buenas noches.

 

Un ruido de pasos le hizo volverse. Fran acababa de aparecer desde el otro lado del ciprés. Primero miró a Javi y luego pasó su mirada por toda la basura de alrededor. Avanzó lentamente empujando con el pie las latas y botellas que se iba encontrando con más fuerza de la necesaria. Una lata de coca cola cayó rodando hasta el río. Javi lo miraba avanzar hacia él, despacio y con la cabeza gacha, y no pudo evitar acordarse del último juego, aquél en el que escenificaban a dos náufragos en medio de una tormenta. No habría necesitado oír el «lo siento» que salió tímidamente de los labios de su amigo, porque le habría abrazado de todas formas. Y los dos se sentaron en el sitio de siempre y comenzaron a hablar hasta que el rugido de sus estómagos se hizo más potente que el de la corriente del río. Cuando se levantaron para ir a comer, Javi vio una flor diminuta entre varias latas de bebida. Miró a su amigo y sonrió.



Blanca Álvarez de Toledo

Nacida en Madrid en el año 1985. Recientemente licenciada en Periodismo por la Universidad Complutense de Madrid. Ha trabajado como becaria en el diario La Gaceta de los Negocios, además de en la agencia de publicidad Screenvision. En el último curso de carrera recibió una beca del Ministerio de Educación y Ciencia que le permitió colaborar en el Departamento de Lengua y Literatura de la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense. Actualmente estudia el curso de doctorado en dicho departamento y prepara un proyecto de tesis doctoral en el campo de la literatura. Además, trabaja como becaria en la videoteca de la Facultad.

 





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