«Vuélvete y escucha; no está en mis ojos sólo el Paraíso» – Beatrice en La Divina Comedia



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Un signo liberador
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FOTO: José Luis Rodríguez



De las diferentes maneras de abordar la relación entre el texto y el receptor de la obra ―y, como no, entre el autor y su escritura―, la teoría literaria del siglo pasado consagra la capacidad inmanente del texto para portar significado; en la misma medida que se decanta por los factores exteriores al propio texto, tales como el receptor, el contexto de la transmisión del mensaje y el ambiente político y social, como verdaderos manantiales de significación. Se pasa así, sin sucesión de continuidad, de la actitud imanentista a la actitud interpretativa. Ésta última, especialmente vigente durante el periodo de efervescencia del marxismo dialéctico y el psicoanálisis, parece encontrar relevo, tras la crisis de las ideologías y el cientifismo, en la deconstrucción (que paradójicamente es una hermenéutica heredada del estructuralismo) y la crítica feminista, por sólo citar dos de los ejemplos más significativos.  

Pero verdaderamente, ¿alguien cree que en el momento actual estas «nuevas» perspectivas están movilizando a los lectores hacia el fenómeno poético?

 

Más bien parece que al cansancio que transmiten las viejas fórmulas del siglo pasado le sigue un escepticismo creciente ante las supuestas nuevas propuestas del actual momento. Es como si éstas naciesen muertas y el creador literario, y con él los lectores, o bien las siguiesen sin entusiasmo para encubrir el desasosiego y cobijarse en la guarida de lo oficialmente aceptado, o bien sucumbiesen al desencanto y la frustración. En este último caso, cuando no se produce un rechazo ―generalmente por abandono― del hecho literario, se exacerba el desasosiego que acaba por contaminar, para mal, la obra poética. Así, es fácil encontrar al creador buscando la provocación gratuita en la poesía (que, con demasiada frecuencia, acaba siendo otra forma de abandono de lo literario) o la novedad más descarnada (que acaba derivando en una manifiesta ceguera para la belleza). En definitiva, persiguiendo momentos poéticos tan excitantes como efímeros.

 

Así, si la postura conformista con los postulados de la cultura dominante aspira simplemente a gozar de la aceptación que le presta el poder (poder literario, habríamos de entender, en este caso), la segunda actitud persigue desesperadamente nuevos hemisferios de atracción estética y moral, sin acabar de entender que esta pretensión obedece a  una necesidad última inagotable propia de nuestra naturaleza.

 

Y es precisamente por esto, por lo que queremos reivindicar la vigencia de una palabra poética a la altura de esta exigencia, portadora de significados sin pretender, por ello, agotarse en sí misma. Una palabra que por su inteligencia, su novedad, su plasticidad, su eufonía, su hondura, su capacidad para movilizarnos ética y estéticamente, en suma, sea capaz de operar como un signo que nos haga mirar hacia al punto de fuga ―al que la palabra señala―  donde nuestra humanidad se ensancha.

 

Que nos recuerde, en definitiva, que la libertad que nace del arte proviene de su capacidad para provocar nuestra conciencia mostrando esta relación entre el signo y el horizonte inagotable de correspondencia con nuestras expectativas hacia el que dicho signo señala.

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