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Poesía y Música: Teoría y canon perpetuo a dos voces
por Miguel Ferrando
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Introducción
Poesía y música: Teoría y canon perpetuo a dos voces

 

Introducción

Hemos estimado oportuno incluir en esta sección (y no en otras donde también tendría encaje) este profundo y bello artículo de Miguel Ferrando, por cuanto aborda algunas cuestiones sensibles al respecto de la expresión pública de la palabra poética. En concreto lo hace a partir de las relaciones entre música y poesía, si bien muchas de sus aseveraciones y juicios podrían extrapolarse a las relaciones de la poesía con otras disciplinas artísticas, y, por extensión, con otras dimensiones de lo público donde restalla la luz de la palabra poética.

Por su extensión, hemos querido incluirlo de manera exclusiva en la sección. Sienta un precedente en este sentido, pero permite tomar aliento y reflexionar sobre el sentido de las experiencias retratadas en nuestra particular «plaza pública»; reparar sobre el calado de lo que en ella proponemos. Nada menos que la pertinencia de la poesía en el ámbito de lo público y la reivindicación del lugar social que nunca debió abandonar.

Y para ello, nada mejor que empezar recordando, con palabras del propio Ferrando,  que la aparición del primer poeta entre nosotros era porque «tenía que buscar dentro de sí, necesitaba su propia palabra, forjada en el centro más desconocido de su propio yo; y subirla a lo más alto».






Poesía y música: Teoría y canon perpetuo a dos voces
Por Miguel Ferrando

 


Fuente: http://bibliopoemes.blogspot.com
 

Despertado por las odas
amansado por el rito
encauzado por la música


Ezra Pound (Traducciones, del Analecto de Confucio)


Quiero llevar mi instinto y mi curiosidad de poeta a aquel remoto día en que por primera vez un ser humano se lanzó al ejercicio de la contemplación. Cuando el mundo se pobló de miradas, y esos ojos nuevos se alejaron unos instantes del continuo juego de la supervivencia, se permitieron la profunda aventura del asombro, quizás de la melancolía. Ese hombre antiguo, con sus manos predadoras aún manchadas de sangre, esperaría la tarde, esperaría el gesto de la mujer joven e inquieta, su alma compañera, y en ese día remoto,  observando la caída de la bola solar sobre un valle africano, sobre la planicie sumeria, de una de sus bocas tendría que surgir el primer himno, la primera proclamación de felicidad doliente; el primer verso.

Y no sé si fue que ella aprendiera a usar su voz como la de la huidiza oropéndola o que él dijese sin querer; «la tarde, la luz y tú»,en un maravilloso lenguaje de onomatopeyas y gestos. Sí estoy seguro de que ninguno de ellos sabría diferenciar canto de lenguaje hablado, música de poesía.

La contemplación se hizo costumbre en las sociedades primitivas, la poesía, la música, se vinieron a ritualizar, se sofisticaron, imbricadas en devociones, festejos, celebraciones. La palabra sonaría con ritmos constantes, con entonaciones exageradas, los fonemas buscarían las resonancias de la rima y el percutir de los primeros tambores lanzaría mensajes más o menos encriptados, prolongando la voz en la distancia, al tiempo que incitarían al baile, a la solemnidad, a la nostalgia.

Pero música y poesía tomarían caminos muy separados, evoluciones independientes.

Cuando Pitágoras nos habló de esa Música de las Esferas se estaba refiriendo a una realidad perfectamente definible con sus cálculos matemáticos, una realidad sometida a las reglas de las astronomía, de la acústica, producida por la misma divinidad que diseñaba los cuerpos celestes y los hacía girar en órbitas, dominando cada una de las nueve esferas, independientes de la creatividad individual de los seres humanos.


Pitágoras.
Fuente:
http://sigloscuriosos.blogspot.com


Muy diferente caminaba la poesía por el mundo, el poeta tenía que buscar dentro de sí, necesitaba su propia palabra, forjada en el centro más desconocido de su propio yo, y subirla a lo más alto, solemnizarla, consagrarla, hacerla estandarte de su propia identidad nacional, constituirla en la clave secreta de sus ritos sagrados. Para el antropólogo de la anti-racionalidad y poeta, Robert Graves «el lenguaje del mito poético corriente en la antigüedad en la Europa mediterránea y septentrional, era un lenguaje mágico vinculado a ceremonias populares en honor a la Diosa Luna», La Diosa Blanca. 

Parece pues que la música y la poesía tomaron direcciones contrarias, la una descendía de la naturaleza, de las estrellas que giran, de los dioses. El músico es un médium encargado de descifrar, de ordenar, de reproducir el mensaje del cosmos, de traducirlo a un lenguaje que los hombres comprenden, o que al menos sirve para conmover sus espíritus. 

El poeta sería en cambio el mensajero encargado de alzar esa invocación de los seres humanos hasta lo universal, a las Musas, a los dioses, a las mismas estrellas. El poeta tendría que hurgar en sus propios deseos, defender al individuo, a la tribu, pedir protección a Dios, a la razón que les gobierna, declararle su horror, mostrarle las más indescifrables sutilezas del laberinto de los hombres.

Son sentidos contrarios ¿Pero quién se atrevería a sostenerlo? Quien puede negar esa identidad rebelde, casi sacerdotal, como de espíritus iluminados, que compartieron músicos y bardos. O el ritmo, ese elemento fundamental de las danzas tribales, de los fabulosos gamelanes de Java, y definitivo así mismo en los extáticos Rubayats de Rumi, en nuestro sabroso Romancero de amoríos y héroes, y qué es una canción de Schumman si le arrancamos las melancólicas palabras de Heinrich Heine, ¡tantos elementos comunes! Tan necesaria parece su unidad.

Y la especie humana transita por devociones cambiantes. Las civilizaciones se establecen y por fin nace la historia, 4 o 5000 años antes de nuestra era el mundo conoce el portentoso invento del texto escrito, la palabra se emancipa, los poetas escriben larguísimas epopeyas, reflexiones solemnes, aforismos que permanecerán tan prístinos en su tabla de arcilla, en su papiro, en su lápida de piedra, como en el legado intelectual de las naciones.Odiseo y Gilgamesh florecen, abrigan nuevas literaturas, cosmogonías renovadas que se expanden por el mundo conectando sabios, inspirando, durante miles de años, la tarea de los nuevos poetas. La poesía se desborda, elegías, tragedias, odas. Nace oficialmente la lírica, el invento se le escatima al pobre poeta Archiloco de Paros, sus poemas en primera persona, sus ritmos yámbicos, son para nosotros el paradigma del aliento lírico, pero ojo, este poeta nunca sería recogido en la lista de los poetas líricos por los Alejandrinos, junto a Safo o Anacreonte, la razón, que sus versos se recitaban y no se interpretaban cantados. Aparece, pues, la música, como elemento definidor de la lírica, subordinada eso sí, al poeta.


Papiro con versos de Archiloco de Paros.
Fuente: http://lo-bueno-si-breve.blogspot.com

Lo cierto es que faltarían casi dos mil años para que la música construyese su propia historia, para que el lenguaje musical pudiese transmitirse, de manera definitiva, por escrito, como se venía haciendo con los versos durante todos estos milenios. Ahí, por el sosegado mundo de unos conventos italianos de los siglos XI o XII, nacerían los antecesores del sufrido pentagrama, la música empezaría a expandir su imperio universal, las sencillas monodias gregorianas se complicarían, surgiría el contrapunto, la armonía evolucionaría sus ancestrales modos, heredados de Grecia, J.P. Rameau o J.S Bach definirían el sistema tonal que aún hoy campa por músicas de todos los países y todos los pelajes, llegarían los instrumentos temperados, y tantos otros, la orquestas, los genios, los demiurgos del sonido, los poetas de la música…

¿Y por dónde se esconden los ojos ancestrales de aquel primer poeta, aquel primer cantor que no pudo aguantar su voz? ¿Quién de todos conserva ese primer aliento lírico?

Formulo mi teoría queriendo mantener la perspectiva de esa ancestral mirada, nueva y limpia, sin el cansancio de los tiempos. Considero que el artista sabio, el poeta, el compositor, ha librado durante siglos un combate titánico para sostener en equilibrio la poesía y la música, para volver a comprender aquella primera mirada. Que sólo en los momentos claves de la cultura universal los artistas, los hombres han sabido conjugar ese escuchar a la madre naturaleza, a las estrellas, reproduciendo sus armónicos, acompasando los ritmos, que es la música, con la reflexión y la mirada introspectiva, con el clamor profundamente humano, que nos llega de la poesía. La contemplación profunda yel estallido lírico; los paradigmas del poeta verdadero, del músico trascendente.

Alguien me engañó de niño, me presentó una ilustración con nueve damas engalanadas a la griega, me dijeron que se llamaban las nueve Musas, semidiosas, patronas de las artes, y me indicaron sucintamente sus dedicaciones, sus oficios más o menos liberales, me relacionaron cada cual con una de las artes clásicas ( música, arquitectura, pintura, escultura…) Yo pedí que se me especificase cada particular relación, y después de no pocas dudas se me hizo un juego de asociaciones más o menos caprichosas, era Euterpe la musa de la música, Calíope de la poesía, Talía del teatro, hubo otra semidiosa que asumió el patronazgo de la arquitectura, otra de la pintura, nada como la imaginación acomodaticia. Lo cierto es que la explicación me dejó plenamente satisfecho (poco importaba que faltaran por definir dos de las musas, que a Urania le saliesen aficiones extrañamente tecnológicas).Todo menos adaptar nuestras estructuras intelectuales, que se adapten los otros, los dioses, los sabios de Grecia. Una bendita enciclopedia de tapas azules desharía más tarde la confusión y me inundaría la mente de mucho más profundas inquietudes. Sí, descubrí que la música pertenecía a todas por igual (hasta a la científica Urania con nuestras queridas esferas estelares armonizando el universo), lo mismo que sucedería con la poesía, las abarcaba a todas, casi en la misma medida, con sus diversos ropajes; la épica, la tragedia, la comedia. Entendí que preguntar a un contemporáneo de Píndaro por quién era músico o quién poeta entre los líricos de su tiempo, sería como pedir a un fervientelector de Stieg Larssonque aclarase quién de los novelistas escandinavos en boga se dedica a investigar las torpezas forenses de sus policías y quién a recopilar adjetivos brumosos. ¡Inténtelo! El pobre lector, desorientado, sacará la nariz del mamotreto, le mirará sin disimular su estupor…, y poco más.

Mnemosine, madre de todas ella, diosa de la memoria, me devolvió la compostura y me llenó de felicidad cuando comprendí la humildad de aquellos griegos, como sabios ingrávidos, tan preocupados por recordar, por mantener el poso de la sabiduría antigua. Y consideré, por primera vez, la posibilidad de que esta separación entre música y poesía no fuese sino un capricho, relativamente moderno, una confusión acuciada por la desmesura o el utilitarismo.

Sucedió cuando leía a ese otro sabio de los tiempos de Pitágoras, el Príncipe de la sensatez, el chino Confucio, sus odas, su Analectos, que me abrumó su respeto por la música, por los músicos, por los procesos de su producción, de su anotación, por la importancia que le otorgaba como elemento transformador de la sociedad, por su capacidad de mejorar a los hombres. Dudo de que ningún otro sabio haya jamás valorado tanto esto que llamamos música. Y nunca en la antigüedad tuvo tanto poder como en aquella China, milenios antes de nuestra era, se sabía de métodos de anotación de melodías, conocían las escalas, los modos. El chino creía ciegamente en la influencia de la música en los fenómenos naturales, a ciertas piezas se le atribuía la caída de estados o dinastías, se conocen multitud de instrumentos, clasificados en ocho principales familias; metal, piedra, cuero, seda, bambú… Existen sutiles preceptos que previenen contra los virtuosos y las músicas exageradamente artificiales, alejadas de su profunda humanidad, vanas e inútiles. 


Fuente: http://www.arscives.com/beijing2008/


Y leí la enigmática sentencia del Analecto que nos trajo Ezra Pound en su famosa traducción;

Despertado por las Odas / apaciguado por el rito / encauzado por la música . Son las disciplinas que modulan las aspiraciones del hombre justo;                    

- La poesía, las odas ancestrales, despiertan al hombre de su condición servil, primitiva, le disparan a las estrellas.                                                

- La música es la que guía, debemos confiar en ella, en sus cadencias, tenemos que permitir que las emociones encuentren la dirección del alma.         

- Lo demás es convención, son ritos, tradiciones, ceremonias, ese complejo entramado de palabras, gestos, invocaciones, coreografías y devociones que el maestro Confucio entendía esencial, indispensable para la vida, para la vida del hombre que aspiraba al equilibrio, al conocimiento, a la magnanimidad. 

Es un ejercicio sugerente clasificar poemas, canciones, sonatas, a la manera de Confucio, decidir qué es música, qué poesía, o qué es convención que apacigua (quizás rito alienante, adormecedora psicodelia). Es sólo otra manera de mirar las creaciones artísticas de nuestro tiempo o de épocas pasadas, clarificadora y en ocasiones iluminante.

Música y poesía intercambian su esencia a través de los siglos, de las civilizaciones, el mundo conoce las budistas trompas tibetanas, la lira de Apolo, la dulzaina de Dionisio, los monumentales órganos de tubos que poblaron las catedrales; los infinitos signos de la música, en ocasiones simples, en su desarrollo técnico (convencionales), en otras de honda conexión con la naturaleza, esto es, con el interior del hombre.

Y cuando Europa se despierta de su sopor medieval se suceden los grandes músicos, las obras sublimes, los estilos, Claudio Monteverdi, puente entre renacimiento y barroco, compone su ópera El Orfeo, quizás la primera de la historia, el gran músico cremonés une su talento al del griego primigenio, el héroe que con una lira y su voz dialoga con los dioses, y consigue doblegar su ley severa, como dialogaría el mismo Monteverdi de las Vespro de la beata Virgine, que asumiendo el rol de Orfeo considera, como lo hicieron otros muchos primero, como lo haría otros tantos más tarde, que su música era el vehículo ideal para invocar a la madre de su propio Dios.

Llegarían siglos dorados, el genio de los compositores al servicio del alma universal. Mozart simboliza la quintaesencia de una civilización, el clasicismo íntimo de sus sonatas, de sus cuartetos, su concierto para clarinete, la cercana majestad de su música sinfónico coral, radiografían el espíritu del hombre nuevo, de una Europa a punto de sufrir cambios gigantescos, revoluciones sociales, estéticas. Nadie como Beethoven, siempre en intenso diálogo con Goethe, con Schiller, ha buscado la voz de una humanidad que ansía un nuevo concepto de libertad, o Brahms, el eremita agnóstico que siente la música del Hyperion en su Canción del destino, la mística de lo Romántico, el final de su Primera Sinfonía resuena en el espíritu atormentado del hombre como resonarían los versos de Hólderlin.Wagner, el gran épico de la Europa central, germana, capaz de revivir las sagas escandinavas y recrear una mitología de héroes y dioses que nacen a la vida con orquestas inmensas, melodías poderosas y elocuentísimas, imbricadas en una red de «Leit motiv» (motivos conductores) que inician una forma nueva de expresión dramática, Nietzsche el filósofo, el poeta, descubre ahí su superhombre, el compositor no se deja arrastrar, Wagner es también el músico de la redención, de Schopenhauer, de las sagas artúricas y las leyendas medievales del Santo Grial. Giuseppe Verdi es la voz de una nación, la nueva Italia que persigue su unidad, su independencia. Y el doliente Chopin, enamorado de la modernísima George Sand, tuberculoso, exiliado de su Polonia, hace del pianola definitiva expresión de lo romántico. Debussy y Mallarme, Gustav Mahler y Ruckert. Música y palabra, hay algo tan sagrado en esa unión como en los últimos corales del viejo Bach, o las antífonas gregorianas. Nadie duda del poder transformador de la música, de sus efectos casi mágicos sobre la psique, sobre los públicos ansiosos, ávidos de nuevas formas de entender la existencia.


Beethoven.
Fuente:
http://www.clarin.com/espectaculos/


El poder de la música es inabarcable. Pero hay tantos acontecimientos tecnológicos y estéticos que han transformado el fenómeno musical. Se ha ido erosionando ese sentido poético, trascendente, que investía incluso aquellas canciones festivas, las músicas folclóricas, las danzas rituales como expresiones telúricas de lo desconocido. Hoy la música se produce y se consume, el creador no necesita vivir en conexión con el cosmos, no necesita dominar el arte de la música en toda su extensión, le basta con aplicar ciertos programas informáticos o contratar los servicios de un orquestador eficiente. En algún momento del siglo XX se quebró esta estrecha relación entre el arte de los sonidos y la preocupación poética, parece innegable que ese proceso que arrancó en el medioevo hace tiempo dejó de evolucionar, estancado tanto en composiciones populares de tendencia más o menos consumista como en sobre-intelectualizadas creaciones que pocas veces llegan a disfrutar dela repercusión estética que disfrutaron los Schubert, o los Stravinsky.

He de confesar que nunca he podido compartir el gusto de cierta gente por la poesía mediocre, por los panegíricos engomados, los romances de exaltación patriótica, los versitos de amor, pero hay canciones deplorables que me gustan a rabiar, canciones que sin ningún mérito artístico o poético llegan a mi corazón, me levantan una sonrisa y me obligan a escucharlas de nuevo, a cantarlas yo mismo. Desconozco si es la fuerza de la repetición, o su asociación con detalles intangibles, no lo sé, y quizás no quiera saberlo, quizás sea una superstición pero me parece innecesario destripar aquello que provoca tanta y tan sencilla felicidad.  

Sin embargo me desasosiega la idea. Explicaré una curiosa experiencia que puede resultar familiar. En mi primera juventud no disponía de ningún servicio de transporte suburbano, las personas nos transportábamos a plena luz, rodeados de ruidos de coches, de pólvora, de música de banda, de gritos, todos estos ruidos indispensables para la vida, especifico que nací en la mediterránea Valencia, en tiempos de paz. Fui a vivir después a una enorme ciudad, Londres, perforada por la red de metro más antigua del orbe. Y cuento que aquella inmensa red de túneles estaba frecuentada por un tipo muy especial de personajes, eran individuos solitarios, de aspecto adolescente y edad indefinida, caras pálidas, pelos lacios, caminaban vestidos generalmente de negro, provistos de orejeras musicales, lo que conocemos por cascos, que se movían con el gesto hacia dentro, por completo indiferentes al resto de los que caminábamos por el mundo, tímidos, agitaban sus pies, gesticulaban con espasmos rítmicos, eranlo que denominé los soldados oscuros, como un ejército de seres humanos o cuasi humanos dirigidos por unas músicas repetitivas que sonaban constantemente en sus oídos y que de manera poco consciente respondían a estímulos rítmicos con una obediencia instintiva y ciega. Mis puntos de vista se volvieron flexibles, comprobé que en nuestras sociedades existe un porcentaje importante de hombres y mujeres que necesitan del ritmo persistente y estimulante de unas músicas simples, casi primitivas, las necesitan en su camino a su centro académico, a la fábrica, a su oficina, esta música estructura nuestras sociedades, divide las clases sociales, las tribus urbanas. Conocí personalmente algunos de aquellos adolescentes oscuros, me miraban incrédulos si les preguntaba por el fenómeno de su escucha constante, algunas de las veces llegaron incluso a sacarse los cascos de la orejas y asegurarme lo inofensivo de sus audiciones, casi todos declararon que simplemente las necesitaban para vivir, me hacían prolijas descripciones de los estilos musicales que escuchaban, y me explicaban una serie de principios vitales, políticos, estéticos, espirituales, que coincidían literalmente con lo que se podía leer en libretos y revistas en relación con esos grupos musicales que escuchaban sin parar, mera coincidencia, me aclaraban sin llegar más lejos. 


¿Podemos entender que esa música atiende al mismo aliento poético, a las mismas razones universales que impulsaron a Tomás Luis de Victoria a componer su Magnificat, a Mussorgsky la poderosa partitura de su Boris Godunov?

Claro que no, hablamos de una música que perdió su capacidad de conexión con lo universal, de la mirada introspectiva. La música desconectada de su naturaleza poética se convierte en una potentísima herramienta de quien tiene la capacidad de emitirla, de controlarla. Se ha abusado durante décadas del prestigio acumulado por los grandes músicos del pasado, otorgando el estatus de genialidad a productos diseñados para el consumo inmediato, para la venta masiva de bienes, para la exacerbación de los nuevos ritos tribales de unas sociedades queya no sienten la necesidad de escuchar a las estrellas, que sólo necesitan consagrar la voluntad individual, el instinto directo, la necesidad de adquirir productos.

Desde los tiempos en que la música era material sagrado se llegó a unos años setenta de nuestro siglo XX en que se convirtió en artículo de consumo, de estricta propaganda. Hubo siglos fecundos en los que los conventos iniciaron la más espléndida tradición musical, la Iglesia Católica cambió, en esos años sesenta, despreció esta tradición, la música dejó de ser vehículo de conexión con la divinidad, se convirtió, a la manera de otras instituciones, en mera publicidad para ampliar el espectro de sus fieles, olvidó por completo que ella es signo en sí misma, que el mensaje vive inmerso en sus notas, en su misma esencia. En las parroquias se quiso recoger el auge de la música pop y engancharse a su inmensa popularidad. Recuerdo escuchar el Sanctus litúrgico con la melodía ideada por los Beatles para Help, una canción adolescente, en sus palabras, en su melodía. En los templos católicos se imitaron los ritmos, los estilos, de la música rock y pop y, en consecuencia, las iglesias se vaciaron, los seminarios quedaron desiertos, y las discotecas se poblaron de catequistas y feligreses (nos es fácil comprender la preocupación y los llamamientos de Benedicto XVI, actual pontífice, sobre la necesidad de reparar sobre estos aspectos, y es que quizás su sensibilidad musical haya influido a la hora de velar por la profundidad y esencialidad de la liturgia católica). Me pregunto por qué ninguna autoridad eclesiástica  decidió que se interpretara la música del Stabat Mater de Palestrina con letra del Yellow Submarine. Parece que el lenguaje de la música, emocional e instintivo se adapta peor a los patrones intelectuales, al sentido común, que a los instintos, a los deseos o a las confusas aspiraciones que evolucionan por los jardines de nuestra más oscura voluntad.  

Y convulsa la historia reciente de la poesía, muy lejana a la tumultuosa popularidad de la música. Emplazada en su atalaya, estancada en lodo del camino o embozada por las alcantarillas de la urbe, pocas veces alcanza gran difusión, sin embargo no cesa de evolucionar, si la música se expande, se convierte en recurso y guía de las masas, la poesía, salvo excepciones, alienta las élites artísticas e intelectuales. La gran tradición de los griegos, de Horacio, de Quevedo o de Whitman no se agota con Mallarme, se reinventa mil veces, poco contaminada por los furores del consumismo, algo más por las obligaciones políticas o ideológicas. Es como si buscase desesperadamente la luz de esa música ancestral, una búsqueda que se mantiene como uno de los poquísimos elementos constantes en el devenir de la poesía de este pasado siglo.

                

«La poesía sería un arte híbrido: la sujeción de un sistema abstracto de símbolos, el lenguaje, a fines musicales.» Dice el gran poeta Jorge Luis Borges, maestro de metáforas, laberintos y recovecos espacio-temporales.

 

Porque la música se manifiesta de modos muy diferentes, incluso opuestos, en este proceso poético de la modernidad: 

 

Hay música en la poesía sonora, popular, aliterada al extremo, del cubano Nicolás Guillén, y en el hermético Simbolismo francés,«lo que fue bautizado Simbolismo se resume de manera muy sencilla en la común intención de varias familias de poetas por recuperar su propio bien de la música…», reconocía Baudelaire, reaccionando contra el prosaísmo que se instaló en la poesía francesa de su tiempo. Hay mucha música en la poesía sentenciosa de Antonio Machado, con sus ecos antiguos y su pulso inquebrantable, en su hermano Manuel, modernista de rimas precisas, de gestos y poses. La poesía verbal, íntima y épica, de Dylan Thomas, canta a coro con las mareas galesas y las dudas asfixiantes del hombre moderno, casi bailan las palabras de Federico García Lorca, porque bailanmundos diversos en sus romances, en sus gacelas, en su Nueva York de ruidos y voces. Es música furiosa y psicodélica el Aullido de Allen Ginsberg, y baladas de tristezas antiguas los versos de Kavafis.    

 

La poesía moderna se ampara bajo una cúpula gigantesca donde resuenan los armónicos del pasado y el futuro, donde se vive al tempo que nos marca la historia, y los ecos rebotan en armonías complejísimas, poderosas, siempre a punto de saltar a las estrellas: la música. 

 

Paul Celan vivía en esa cúpula, y aún más, parecía vivir en una inmensa campanaen la que percutían las tragedias de la humanidad, todas juntas, todas las dudas, todas las ansias.Repica el mundo, casi por completo en su alma, y con dos, tres melodías persistentes Celan compone su Fuga, la «Fuga de la Muerte», igual que hizo Bach en los coros de su Pasión, con dos, tres melodías, se trenza una trama emocional que progresa hasta lo alto, «wie schaufeln ein Grab in den Lüften» (cavaremos una fosa en los aires) Sulamit de pelo de ceniza, Margarete de cabellos de oro,«Swartz milch der frúhe…» (negra leche del alba),suena su tradición alemana sublime, criminal ,«der Tod ist ein Meister aus Deutschland», (la muerte es un maestro alemán), suenan las razas humanas, los judíos en su masacre, suena las futuras aguas del Sena, suena el humo pasado y el Tiempo que persiste.

 

Y Celan nos habló de Hölderlin, en su Tubinga             

 

 


Celan

 

Si viniera,
si viniera un hombre,
si viniera un hombre al mundo, hoy, con
la barba de luz de
los patriarcas: debería,
si hablara de este
tiempo,
debería
sólo balbucir y balbucir,
siempre-, siempre-,
asíasí.

(«Pallaksch, Pallaksch». Versión de José Luis Reina Palazón).

Käme,
käme ein Mensch,
käme ein Mensch zur Welt, heute, mit
dem Lichtbart der
Patriarchen: er dürfte,
spräch er von dieser
Zeit, er
dürfte
nur lallen und lallen,
immer-, immer-
zuzu.

 

(«Pallaksch, pallaksch.»)

 

Ese patriarca, ese sabio, como el último Hölderlin, usaría su Pallaksch, su palabra comodín, sin sentido, un balbuceo…Sería un nuevo lenguaje, una forma renacida de poesía.

 

A este mundo, quizás, hoy, se espera que nos llegue un sabio, se espera esa palabra verdadera, que sepa comprender los extremos más oscuros del hombre, las luces más deslumbrantes, sin otra fuerza que la música del lenguaje, Pallaksch, el signo del hombre. 

 

Y cuánto se parece mi hombre antiguo, con sus manos predadoras manchadas de sangre,a ese sabio, a ese Patriarca de Celan, el que podría venir, Pallaksch, diría también el hombre antiguo, el poeta recién amanecido.    Quizás los poetas aspiramos a ese sonido, al que nos hace comprender que el primero de todos nosotros, el primer hombre que supo encontrar la música de la palabra, ése del que provenimos todos, fue un gran sabio, el más grande de todos.            

  

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