Resplandor en la fuente
Eduardo Muñoz García
Resplandor en la fuente
El roto quejido de aquel coche le obligó a girar la cabeza, descubriendo al otro lado de la calle el anagrama de una ONG que conocía muy bien. Era tiempo de Navidad y pensó que aquel hallazgo casual tenía algo de premonitorio. Cruzó la calzada y al traspasar la puerta del local su vista se topó con un rastrillo de objetos entre los que distinguió sombreros, portafolios, libros de pastas gruesas, flores artificiales, llaveros y algunas prendas y artículos de señora, todo ello donado a la ONG, que se encargaba de convertir en dinero para atender sus fines sociales.
Le llamó la atención una chaqueta corta, con medias mangas y dos graciosos bolsillos, de color negro, que podría agradar a su esposa. No parecía estrenada. Se hallaba aún sobre el mostrador. Posiblemente no haría mucho que había entrado. La encargada estaba distraída colgando alguna ropa, pero al notar su presencia se dirigió a él, animándole a que adquiriese la prenda.
A la salida se dirigió directamente a casa y al ir a guardar aquel atuendo femenino en espera del día propicio para el regalo, encontró un papel en uno de los bolsillos. La curiosidad le hizo desplegar aquella hoja y leerla. Estaba escrita en letra de imprenta. Decía así: “Mi marido saldrá de viaje el miércoles 19 de Diciembre. Estoy angustiada. Te esperaré junto a la fuente del Ángel Caído a las dos de la tarde. Intenta portar un libro en la mano izquierda para reconocerte.”
Aquella mujer debía estar convencida de haber enviado el escrito, que quizás habría olvidado en la chaqueta por la precipitación. No prestó más atención a la nota, que guardó distraídamente en su agenda. Recordó que todavía tenía algún quehacer pendiente y se dirigió a su despacho.
Al ir a consultar su dietario, el papel cayó. Se había olvidado por completo de su existencia y lo leyó de nuevo. No pudo evitar cierta curiosidad por aquella mujer que parecía necesitar ayuda. Su imaginación erró por los gruesos volúmenes de Derecho que atiborraban las estanterías. Quizás estaba enferma, o había sufrido algún accidente, o la había amenazado su marido, o trataba simplemente de iniciar una aventura amorosa.
Intentó concentrarse en su trabajo, pero el mensaje le obsesionaba. Lo volvió a leer. Mencionaba un miércoles 19. Echó un vistazo al calendario. En efecto, en Diciembre de ese año, el 19 caía en miércoles. Faltaba un día. Una idea absurda comenzó a abrirse camino en su mente. Podía acudir a la cita y hacerse pasar por el anónimo destinatario ante aquella misteriosa mujer. En su agenda tenía previsto un viaje para el día siguiente, pero se trataba de algo que podía aplazar.
Por la mañana reparó en el armario en que había escondido la prenda, y el mensaje de la desconocida se le vino de nuevo a la memoria. Le excitaba la posibilidad de encontrarse con ella en un parque. Quería evadirse; verse envuelto en alguna aventura.
Cuando su esposa le llamó para desayunar, ella tenía listas, como de costumbre, la cafetera y las rebanadas de pan en la pequeña terraza abrigada del viento, donde solían tomar la primera colación. Ella ya había bañado a los niños y cocinado el plato principal de la cena, única comida que hacían junto a sus hijos, a quienes el padre acompañaba a la parada del autobús del colegio.
Mientras desayunaban, él no cesaba en imaginar alguna justificación que le permitiese apagar la desazón interior de ocultar sus intenciones a su esposa. Intentaba convencerse de que al acudir a aquella cita sólo le animaba un generoso objetivo de prestar ayuda a una mujer.
El café y la tostada le habían elevado el ánimo. Se despidió y salió con sus hijos. La mujer aprovechaba ese intervalo para relajarse, entregándose a tareas como recoger la mesa, hacer las camas, remendar alguna prenda, pasar el aspirador, poner la lavadora, planchar la ropa, fregar alguna ventana y regar los tiestos. Tras ello se empolvaba aquella cara que se le antojaba pálida al mirarse en el espejo y tras consultar la hora salía precipitadamente hacia su trabajo. En el camino repasaba mentalmente la lista de productos para el sostenimiento de la familia que compraría en el supermercado cuando regresase de su jornada.
El hombre, tras dejar a sus hijos en el autobús, compró el periódico como de costumbre. Se detuvo al repasar con la vista el titular de la tercera página. Había otro caso de violencia de género. En la lectura comprobó que la víctima era una joven que había sido encontrada en un parque. Se le ocurrió si detrás de este suceso no se hallaría aquella enigmática mujer. Sopesó las circunstancias en que había llegado el mensaje a sus manos. Por la índole de la prenda, la desconocida disponía de medios; la caligrafía parecía apuntar a una persona letrada. No se correspondía con el estatus de otras víctimas recientes. Sin embargo no había ninguna razón para descartar que la joven encontrada en aquellos jardines pudiera ser ella.
En ese instante se quedó perplejo al percatarse que en su subconsciente estaba presuponiendo juventud en la desconocida del mensaje. Sus esquemas de comprensión, ayuda, benevolencia, se tambaleaban. Se preguntó si era posible un sentimiento de amistad simple y pura entre un hombre y una mujer, o si habría de existir siempre un recóndito elemento de atracción.
Por otro lado, estaba la coincidencia del parque. La joven dañada había sido encontrada en el mismo en que la desconocida fijaba el encuentro. ¿Acaso la misteriosa mujer frecuentaba aquellos jardines y en ellos había sido violentada antes de acudir a la cita? Volvió rápidamente a la página del periódico por ver si había alguna alusión a la fuente del Ángel Caído. No había ninguna, pero tuvo una conmoción al recordar que era una de las pocas esculturas de ese ángel musculoso, expulsado del cielo, reconocido como Lucifer. Es posible que la autora de la nota hubiese elegido esta fuente por su deseo de rebelarse también, pero ¿contra qué se rebelaba?
Sus pies le guiaron por la fuerza de la costumbre desde el quiosco de periódicos hacia el despacho. Tanto él como su esposa comían cerca de sus respectivos trabajos. Al sobrepasar la cafetería en que él lo hacía, reparó en que ya estaba decorada para la Navidad. Una sopa de letras rutilaba intermitente a lo largo del escaparate. De forma inconsciente se empeñó en crear con ellas alguna palabra, pero al intentarlo, las letras del mensaje irrumpieron con fuertes destellos que le provocaron una nueva inquietud. Podría ser que aquella nota fuese un simple borrador y el original sí hubiera salido hacia su destinatario. Le entraron unos celos tremendos hacia aquel desconocido que quizás ya se dirigía hacia el parque.
Consultó el reloj. Decidió no acudir al despacho y en su lugar encaminarse a una librería y entretenerse algún tiempo eligiendo un libro para llevar bajo el brazo izquierdo. Pensó que debería ser grande, para que pudiera percibirse desde lejos. Una colección completa de relatos breves sería una buena opción.
Al salir de la librería faltaban pocos minutos para la cita. Le consumía la ansiedad. Lucía un sol desmadejado. Las copas de los viejos pinos que adornaban el parque se elevaban por encima de los chalecitos que tenía delante. Era grato pasear por estas recoletas calles en las que el olor de la hierba recién cortada, la alegre algarabía de algún colegio y unos setos de petunias blancas milagrosamente conservadas, devolvían la sensibilidad.
Se acercó a la plaza en cuyo centro se erguía la escultura alada. Desde donde se hallaba no podía distinguir a nadie, así que fue rodeando la fuente a cierta distancia con la mirada fija en su pedestal. Un fugaz resplandor esquivó el asfalto y se esparció por la base de granito, mostrando claramente la familiar silueta de su esposa, que posaba empequeñecida bajo el ángel
hercúleo.
FUENTE: www.forocoches.com
Aquel destello disipó la neblina de su mente. ¡Era como una revelación! El tropezón con la realidad le dejó inmóvil, como si un enorme lastre tirase de sus pies: Dos sierpes se enroscaban en las vigorosas piernas de Lucifer. La serpiente había dicho a la mujer que el día que comiera del árbol se abrirían sus ojos y sería como Dios; quién sabe si en igualdad con aquél del que había extraído una costilla.


Eduardo Muñoz García
Nacido en Madrid en 1942. Es Licenciado en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada por la Universidad Complutense de Madrid y Máster en Estudios Interculturales y Literarios por la misma universidad. Actualmente prepara un proyecto de tesis doctoral en la Facultad de Ciencias de la Información.
