Tobías Alcaín Los primeros años en la vida de Ariadna Miguel Ferrando
Tobías Alcaín
FUENTE: www.taringa.net
Tobías Alcaín el Gallito fabricaba flautas de retardo, unos instrumentos de palo de nogal y membranas que repetían automáticamente cada nota dos, tres y cuatro veces una vez cesaba el soplido. Las inventó con el viejo empleado de correos, Laureano, criado en las montañas sudamericanas, donde nace el Amazonas. Unos despreciaban las flautas por su aspecto de sierpe, o por lo complejo de sus sonidos siempre entremezclados en cánones o contrapuntos silvestres, incómodos para los oídos muy aficionados a los sonidos más simples de la música moderna. Otros enfebrecían de emoción, preguntaban por el precio y se retiraban confusos cuando Tobías les confesaba riendo que aún no tenía hechos los cálculos. Tobías también hacía marcos de mampostería o cristales que iluminaban el otro lado de las ventanas con colores extravagantes, y componía complicados poemas de cuatro versos; el destinatario los leía, se volvía alegre y soñaba revoluciones diferentes cada noche. Lo malo es que el padre de Tobías el Gallito regentaba una empresa de transportes, él era el octavo de una familia de nueve y hasta la pequeña Inés conducía su furgón cada mañana recorriendo los quioscos del pueblo. Nadie le acució, todos le vieron sus curiosas aficiones y dedujeron que querría estudiar. Llegó a acabar el magisterio y fue entonces cuando la madre, desde la oficina donde controlaba el negocio, pidió que les echara a todos una mano en las cuentas y la administración. Él dijo que no y se buscó trabajo de sustituto en su vieja escuela.
A otros no les supondría tanto negarse a la petición de la madre, una o dos discusiones, no más; pero allí no regía el mismo sentido de los hogares de ahora. Tobías y su familia sentían la vida con una hondura primitiva, de raza, los cambios revolucionaban los instintos y pulsaban oscuras teclas, imposibles de desentrañar. El chico temía ese instinto del que no sabía si liberarse; era su sangre, lo que sabía del mundo, lo que amaba de su vida, todo lo sentía y lo amaba por ellos; el resto, sus ideas o sus inventos, eran ficción, guiños de su otra esencia, quizás pasaran con el tiempo, ¿quién era él para negar a la familia?
Les quedaba una casa de proporciones exageradas, de cuando la familia fue de campo; sobraban cámaras, buhardillas y patios, y a la orilla de la cocina, núcleo de actividad y de las riñas domésticas, existió de siempre el gran comedor: una sala blanca, iluminada por las luces del ventanal y orientada al poniente, que recibía la solana de la tarde y hasta los ruidos más suaves de la calle. Allí se reunían a comer y a cenar desde niños, el padre a un extremo y la madre y las hijas mayores cerca de la cocina, los chicos que no estuviesen en pleno reparto, alrededor de la gran mesa de cerezo. Se hablaba de tráfico, de comida y de las obligaciones propias del transporte:
- ¿Cómo anda la carne?
- Dos traileres de terneras congeladas esta semana, quedan otros dos y otros tantos de cerdo en piezas.
- Si no puedes con todo, que te ayude el hermano. No hay necesidad de vivir continuamente apurados.
- Yo salgo para Francia con fruta, no vuelvo hasta el sábado, y corriendo, quién sabe cómo tendrán la carretera los salvajes de allí.
- Deben dos mil euros en el almacén, que paguen o que manden sus naranjas por correo, no tenemos porqué esperar. Explota una rueda y no tardan en cobrar, con la carne y los muebles nos sirve.
Arrancaban el pan con viril despreocupación. Eran anchos y en sus cuerpos entraba muy veloz toda la comida que llegaba de la cocina.
- Te quedaron riquísimas la croquetas, madre, mejor que nunca hablaba Tobías desmenuzando una patata.
- De bacalao y de jamón, congeladas, qué lástima el tiempo que se perdía antiguamente en la cocina, ¿te fue bien en lo tuyo?
Hubo de pensar unos segundos lo que le había pasado en la escuela: cómo había formado una banda con sus flautas de retardo, tamboriles y guitarras, y cómo crearon un inmenso revuelo, los niños soplaron entusiasmados, las niñas hasta bailaban siguiendo los pasos de Tobías y Alicia, la profesora de música, el director se embobó desde fuera y a punto estuvo de suspender todas las clases: “Los ratos así se fijan en una vida y te la agrandan, nada hay más hermoso que verlos tan alegres”, dijo el director. “La alegría que te viene de niño es el bien más grande, y más esta alegría de misterio y de luz. Habrá niño que nunca en su vida vuelva a ser tan feliz como lo ha sido hoy”, continuó el hombre, un poco fuera de sus cabales. Aquella música oxigenaba el cerebro, demasiado a veces.
- Está yendo bien, madre.
- ¿Te tienen ya la plaza?
- No tienen plazas libres, cada vez hay menos niños.
- Te mienten Tobías, allí no te quieren, que sepas que nadie te va a querer como en tu casa.
Era sentencia y reprimenda. Tobías acabó su comida y esperó en silencio a que se levantara la mesa. Escapó de aquella tabla ovalada con el impulso de las aves acuáticas que despegan a aletazos torpes y exagerados. Luego, ya en la cámara del extremo del patio, rodeado de instrumentos de música y madera, su espíritu se lanzaba a volar suave y feliz. Aquel día arreglaba una puerta de vaivén con cristales esmerilados que él buscó de los tres colores del cielo: azul, blanco y naranja. Se le acercó el padre, que le venía buscando para hablarle a solas:
- Hijo, está así muy bien, no es más que una puerta en el sitio de más paso, los colores no nos cambiarán la vida.
- Pero el naranja no encaja con el de la caída del sol, la mejor luz del día, tú me lo enseñabas paseando por los ribazos del carrascal, cuando volvíamos de recoger higos y alcaparras.
- Calla Tobías, no te voy a hablar como tu madre pero te tienes que empezar a tener firme en esta vida ¿Qué vas a ser en este mundo? ¿De qué te sirven tus ingenios fantásticos? ¿Te crees más que nosotros?
No supo el chico si terminar bien la puerta, desordenó los colores para evitar el precioso efecto de luces que había diseñado y se marchó a la calle.
- Pero tu padre no te conoce, chico, ser maestro no es un lujo, nadie enseña de vicio, ganarías menos que cualquiera de ellos.
- No es el dinero, Laureano, creen que les desprecio.
Y la verdad es que nadie se explicó nunca por qué Tobías habló con los suyos y decidió dedicar el resto de su vida a conducir una furgoneta, repartiendo botellas de aceite y vino. Y aún por qué casó feliz con Alicia, la mujer de música que le colmara de esa comprensión lejana y valiente. Lo único que dejó de hacer fue sentarse en la mesa ovalada en la comida, ni aún en su boda. Le aterraría no entenderles, que le trataran como alguien de fuera. Construyeron la casa muy cerca de la paterna, como todos los hermanos. Por fuera era del sobrio ladrillo que se llevaba entonces, pero el interior era de claraboyas minúsculas, patios, talleres secretos y estancias de luces inesperadas. Si llegaban los hermanos o la madre, la casa se amoldaba a sus gustos clásicos. Ayudó mucho en la administración y dirección del negocio familiar, le quedaba muy poco tiempo para su vida de inventos. Algunos, como el padre y Laureano, pensaban con un profundo peso en el pecho que Tobías se había amputado sus antiguas simpatías, y les dolía tanto, que el padre le llegó a insinuar que rebajara sus horas de faena, que se buscara una forma de retomar sus aficiones antiguas. “No me lo podría perdonar”, le llegó a decir una de las últimas noches.
Habían pasado los primeros dieciséis años de transportista, se reunieron treinta y cuatro miembros de la familia para celebrar el santo del padre, de su hermano Juan Manuel y de tres sobrinos. A los niños les llevó flautas de retardo como regalo; a los adultos unas corbatas de seda, de gusto de Alicia. A todos les chocó que no les trajese alguna de sus fantasías. El padre se desilusionó tanto que enmudeció, como niño sin regalo de Reyes. Estaba empezando la vejez, y se dejaba asaltar por achaques absurdos de nostalgias y celos. La cuñada por parte de Juan Manuel palpó en cambio la corbata, admiró el discreto tono y declaró la famosa sentencia;
- Tobías, ya te amoldaste, por fin.
- Gallito, ya eres un Alcaín - le soltó el hermano mayor, casi sin ningún rencor.
De regreso, Alicia le miró a los labios. Oían de lejos el sonido de las flautas que invadían como grillos pentatónicos el calor de la noche. La mujer comenzó a hablarle de amor, de solsticios, acabó preguntando:
- ¿Eres feliz?
- Nunca contestó Tobías, pero le dijo algo hermosísimo que la contentó más que cualquier respuesta.
Algunas hogueras brillaron por los lejanos terraplenes del barranco. A Alicia se le destacaba la nostalgia en el canto de sus sienes; ella era sentimental de corazón y de costumbres. Suspiró y le susurró la misma melodía que sonaba en las flautas.
- Así nos conocimos, con la misma canción, ¿no te duele el recuerdo?
- Sí, claro que escuece recordar.
- Sabes que vendrá el día en que tus flautas suenen en cada casa y cada calle. Entonces los niños aprenderán a tocarlas desde muy chicos y se crearán orquestas con tres tesituras de flauta de retardo, y siempre habrá un teatro con tu música y un concertista esmerándose en interpretar tus melodías, que siempre sonarán libres y nuevas.
- Claro que sí, mi amor.
Alicia no podría haber llegado a imaginarse tanto, nadie podría prever que sucediese lo que vino a suceder después del accidente que cortó la vida de Tobías aquel preciso verano.
Ya su muerte fue un prodigio. Lo encontraron sin vida dentro de su furgón, con el cuello dislocado por un sequísimo frenazo que nadie supo explicar, y ese mismo día de toda la comarca llegaron niños y mujeres tocando sus flautas, se conjuntaban de manera misteriosa en un canon infinito. Los que entraron en la casa dicen que las paredes parecían de hielo rosado y que una luz dorada le tocaba la cara difuminando suavemente el dolor, extendiéndolo como una nube de implacable esperanza. Para el funeral hubo que abrir de par en par las puertas de la basílica. También las autoridades se enternecieron con el sonido del órgano de retardo diseñado por el mismo Tobías. Se leyó una cuarteta que le escribió a su viuda y otra referida al padre y que por confusión pensaron escrita para sí mismo. Toda la familia le lloró y sintió no haber vivido más cerca de él. Como Alicia aún no había vuelto en sí, Laureano, ya tan viejito, se quedó a vivir en la casa y acompañarla en el recuerdo. Sucedió después, en la casa y en la tumba, lo que sucede con todos lo mártires, héroes o santos: un infinito despliegue de milagrerías, portentos, curaciones, peregrinajes, hermosas exageraciones de unas almas demasiado oxigenadas por el fervor y la continua música.
Claro que es mucha la leyenda y la leyenda viene con la fama y la fama igual que viene va, como las modas. Lo importante es lo que ha llegado a ser hoy en día el legado de Tobías Alcaín, y cómo la flauta de retardo ha pasado a ser un instrumento imprescindible no sólo en hogares y escuelas, sino también en las salas de concierto del mundo, llegando su presencia a ser habitual en las fiestas populares y en todos los conservatorios que en más de treinta países disponen de cátedras dedicadas a su interpretación.
La casa que construyó para su vida conyugal fue cedida por Alicia y se reconvirtió en el Instituto Tobías Alcaín. Se amplió con un gran auditorio y el museo, todo construido siguiendo las pautas que marcó en su hogar, con los pequeños patios, bóvedas, vidrieras y dibujos como juegos geométricos, diseños que fueron copiados por los ceramistas de la comarca y que hoy ya se consideran patrimonio de todos.
Su estilo poético, que algún filólogo pedante describió como psicologismo-místico, fue secundado entre los jóvenes poetas y estudiado en las universidades. Constantemente se promueven certámenes de poesía alcainita con premios internacionales y se publican sus libros en más de treinta idiomas. En la ciudad de Arequipa en Perú se celebra cada diciembre el festival Alcaín y existe un teatro Tobías Alcaín en el estado argentino de Tucumán donde se promueven espectáculos con sus poemas, su música y sus diseños gráficos.
La flauta de retardo es un instrumento de funcionamiento simple pero delicado, produce un sonido purísimo, susceptible de infinitos matices y alta expresividad. Su característica principal es, como ya se ha citado previamente, la capacidad que tienen sus sonidos para repetirse una, dos o más veces, dependiendo del intérprete y de una compleja serie de variables. Existe hoy un sinfín de modelos en función de la afinación, del registro, del material o del tamaño. Primeramente diseñó modelos pentatónicos, que siguen siendo los más aptos para aficionados y niños; después se sofisticaron y, hoy en día, los más frecuentes son los de tesitura de barítono, tenor, alto y soprano, siendo los utilizados en orquestas y recitales ortodoxos. También Tobías había diseñado registros de órgano con esas mismas propiedades, oboes y dulzainas.
Desde que soplas hasta que la flauta te devuelve el sonido existe un instante de afiladísima emoción que nadie ha podido verdaderamente explicar. Es esto quizás lo que ha provocado la rápida expansión del instrumento por medio mundo. Los que entienden de espíritus dicen que soplas y la respuesta viene del más allá, de un alma vagante, de tu sombra, de otra reencarnación, del subconsciente, del ángel de la guarda. Pretextos. Nada hay en la flauta más misterioso que la vida en sí, la soledad, la tierra, la familia, el tedio; pero tocas una de esas flautas y sientes, como se siente la sed o el frío, que es otro el que te responde, otro muy cercano, que te conoce, te busca, te explica, que desde muy dentro de ti te acompaña y te ayuda a contener la melancolía.


Los primeros años en la vida de Ariadna
FOTO: Enviada por el autor ¿Cuál es tu secreto más profundo, el único que nunca, nunca, contarías a nadie?
Los ojos de Ariadna, como los de una cobra erguida, se pararon, casi fuera de sus cuencas. La niña escuchó la pregunta de su hermana mayor sin contestar y durante días revolvió muchos de sus secretos. Intentó recordar todos los que ya sabía, y todos eran secretos a medias, los conocía por otros, por los libros, por los mayores, por su misma hermana. Atravesó pensando la puerta del comedor y se santiguó; se santiguaba cada noche al pasar por aquel mosaico, y así le asaltó su primer gran secreto: tras esa puerta se escondía el duende de los dedos húmedos; Ariadna le temía y al tiempo sufría por él, por el viejo duende, por el desdén de los demás. Vivió muy esperanzada con aquel secreto, pero pronto dedujo que no era imposible que otros conocieran al duende, comprendió que no tenía ningún secreto tan secreto y se lanzó a buscarlo en los otros, imparable. Observó a los adultos con lupa, les preguntó a todos sobre cualquier cosa, y comprendió que los mayores no conocían el significado de nada, ni de la vida, ni de la vejez, ni de los niños pequeños. Así cavilando descubrió que, si le comentaba a su madre, por ejemplo, el peso que se le cargaba en el pecho cuando pensaba en el tiempo infinito que le quedaba por vivir una vez muerta cuando llegara al cielo, siempre obligatoriamente feliz, siempre descansada, sin tareas y sin sofocos , ella, su madre, se sonreía y la espantaba a jugar sin importarle ese peso, así que Ariadna pulió el secreto y una tarde soleada de sábado decidió acaparar a la hermana mayor y responderle;
- Mi secreto secretísimo, que nunca contaría a nadie, es que los mayores no conocen el significado de la vida, ni les importa mucho.
La hermana esperó perpleja a que siguiera hablando y le contase por fin un secreto de veras interesante. Cuando comprendió que Ariadna no tenía más que contar la consideró más pequeña aún y le contestó la respuesta que tenía preparada desde el mismo momento en que hizo la pregunta:
- Eres una mentirosa, porque si fuera un secreto que nunca contarías a nadie tampoco me lo habrías contado a mí.
Ariadna se echó a llorar, y lloró como nunca había llorado antes, porque lloraba por cosas que ni su madre sería capaz de entender. La hermana la abrazó asustada por el efecto de su maldad, le dio muchos besos y después se pusieron las dos a jugar a marineras usando la alfombra de barco, las losas del suelo de mar y la mesa camilla de camarote.


Miguel Ferrando
Miguel Ferrando nació en Valencia, estudió derecho en su universidad, y música en el Conservatorio Superior, trasladándose posteriormente a Londres, donde se licenció en el Trinity College of Music. Tomó parte en numerosos recitales y representaciones escénicas en Gran Bretaña, España, Francia o Grecia, y realizó colaboraciones en revistas artísticas. Hoy en día reside en Madrid, donde desempeña su actividad musical en la enseñanza y en la interpretación vocal para los más importantes teatros de España, a la vez que desarrolla una importante labor de divulgación poética y liederística. Ha escrito varios poemarios como Las soledades del Monstruo o Iliria, libros de relatos como Cuentos para niños decostruidos, y la novela Arrebato y Triunfo de Paco Pomares.

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