La vida, y el arte como parte de ella, se juegan en una dinámica afectiva, en una trama de relaciones. Al final, tras las innumerables cosas que nos conforman aparece nuestra soledad, nuestro yo profundo, nuestro destino; pero acompañado por lo que resulta fundamental a la hora de otorgarle alguna forma de sentido (y la visibilidad de lo que le priva de este sentido). Al fondo de aquello que conforma la trama de la vida y sus relaciones, aparece un yo alerta, vivo y despierto.