  Ilustraciones tomadas de El principito, Antonie de aint-Exupery, Salamandra, 2006, que reproducen las acuarelas originales del autor
La poesía es mucho más cercana a la ciencia de lo que uno imagina. Ya Aristóteles, reconocido como el más grande científico durante siglos, decía en su Arte Poética que no es oficio del poeta contar las cosas como sucedieron, sino como podrían o deberían haber sucedido, y que por ello la poesía es más elevada y más filosófica que la historia.
Contar las cosas no como sucedieron, sino como podrían o deberían haber sucedido. Es lo que ha de hacer también el científico. El científico no aspira a llegar a decir simplemente «una piedra cae», sino que busca poder llegar a decir «toda piedra cae». «Una piedra cae» es un hecho que pertenece a la historia tal como la narra Aristóteles, pero «toda piedra cae» es otra cosa, tiene algo así como un sabor de absoluto. «Toda piedra cae» significa esa piedra que vi, pero también todas las demás, todas las que se puedan llegar a ver en la vida. Este es el salto, es el mismo salto, que se produce entre la historia y la poesía. Es un salto entre el hecho y una interpretación de los hechos; es el salto que coloca a los hechos como una modesta realización de un principio general.
Aristóteles atribuía tanta importancia a la poesía, que hablaba de Homero usando la palabra «divino». Decía que Homero mostraba «un no sé qué divino». Veía en él de algún modo la misma experiencia que describe Einstein, al hablar de sí mismo, cuando confesaba que él «lo que deseaba era saber cómo Dios había creado el mundo, no estaba interesado por este o aquel fenómeno o por el espectro de un determinado elemento químico». Él «deseaba conocer su pensamiento, lo demás era un detalle».
Así es como puede entenderse la experiencia que está en el sustrato de quien quiere hacer ciencia, leyendo un precioso diálogo del Calígula de Camus. Calígula, todopoderoso emperador romano, le pide a su ministro que le traiga la Luna. A lo que el ministro, atónito, le responde «¡traerte la Luna es imposible!». Cuando Calígula se rebela y le grita y ¿de qué me sirve ser el Emperador de Roma si no puedo tener la Luna? no es simplemente un niño mimado. En realidad, todos deseamos la luna, ¡todos deseamos algo que es imposible! Y este es el deseo que está en el sustrato del que quiere hacer ciencia. La relación con las cosas hace presentir la presencia de una consistencia, de un significado, que en sí mismas las cosas no tienen, y sin embargo ellas son las que «disparan» en nosotros esta búsqueda. La búsqueda del científico, que es la misma búsqueda del poeta.

Ilustraciones tomadas de El principito, Antonie de aint-Exupery, Salamandra,
2006, que reproducen las acuarelas originales del autor
Newton, cuando formula la Ley de la gravedad, sueña poder escrutar los designios de Dios. Por eso dice él de sí mismo que «ignora cómo es percibido por los otros —y por los otros era considerado como un tremendo genio— pero que se siente como un niño que en la playa busca algunas piedras más redondas que otras, mientras que delante de él continúa extendiéndose un infinito océano desconocido». Darwin, cuando elabora su Origen de las Especies, sueña que el enigma de la vida no es indescifrable. Linneo, cuando clasifica las plantas y los animales, o Mendeleyev, cuando clasifica los elementos, sueñan, como Pitágoras, que existe un orden en el Universo, un orden simple relacionado con los números naturales, y que ese orden es accesible a la inteligencia. Y ¿cuál es la obra fundamental de Freud sino un sueño en que el universo de la psique sea comprensible?
Pero el modo en que avanza la ciencia no es el de alcanzar la verdad de una vez para siempre. Por el contrario, la ciencia únicamente se acerca, por etapas sucesivas, a afirmaciones cada vez más próximas a la verdad. Por eso Ortega y Gasset afirma que «ciencia es todo aquello para lo que siempre cabe discusión». ¿Cuál es la dinámica de la ciencia? Primero se establece una verdad científica, digamos, temporal, y después con esa verdad se analizan los hechos, hasta que aparece una excepción, hasta que aparece un hecho que no encaja bien en la verdad temporalmente asumida. Entonces uno ha de modificar aquella verdad, o mejor, la refina. La ciencia es un caminar hacia una utopía, hacia algo que nunca se alcanza, hacia algo que no se encuentra en ningún lugar. Hacia algo que, las cosas en sí mismas no tienen.
Por ejemplo: La mecánica de Newton, utilizando conceptos y descubrimientos de sus predecesores, llegó a una conclusión y formuló: fuerza es igual a masa por aceleración. Y entonces todos pensaron: ¡hemos descubierto una gran verdad de la naturaleza, fuerza es igual a masa por aceleración siempre y en todo lugar! Pero doscientos años después quedó claro que esto no es cierto, que aquella verdad era sólo una aproximación a la realidad, que en realidad no es exactamente de ese modo. Fue por ellos que la teoría de la relatividad se hubo de reformular: para generalizar esa expresión. Así es como la Mecánica de Newton se vuelve un caso particular de la teoría de la relatividad, la cual es más general. Y lo mismo ocurrió con la mecánica cuántica. O por ejemplo, también con uno de los resultados de las ecuaciones de Maxwell del electromagnetismo, como es el que la luz viaja en línea recta: tenemos la impresión de que la luz viaja en línea recta, pero ¡eso es sólo «más o menos» cierto, en realidad la luz no viaja exactamente en línea recta! en realidad los objetos que nos rodean, sin que seamos capaces de darnos cuenta, ¡desvían la luz de la lámpara que parece en cambio llegar directamente hasta nuestros ojos! La ciencia es sólo capaz de realizar aproximaciones sucesivas: la verdad que la ciencia conoce es una utopía.
Esta búsqueda del imposible para el científico, viene también descrita de un modo precioso por Saramago en su obra «La isla desconocida». Un hombre llevaba cuatro días en la puerta del palacio para hablar con el rey, hasta que empezó a juntarse alrededor mucha gente. Finalmente salió el rey y, «con el peor de los modos, preguntó:¿qué es lo que quieres? [la luna de Calígula!]— Dame un barco, dijo.— Y tú ¿para qué quieres un barco, si puede saberse?— Para buscar la isla desconocida, respondió el hombre.— ¿Qué isla desconocida? preguntó el rey, disimulando la risa.— La isla desconocida, repitió el hombre.— Qué disparate, ya no hay islas desconocidas.—¿Quién te ha dicho, rey, que ya no hay islas desconocidas?— Están todas en los mapas. —En los mapas están sólo las islas conocidas.—¿Y qué isla desconocida es esa que tú quieres buscar?.— Si te lo pudiese decir, entonces no sería desconocida.— ¿A quién has oído hablar de ella?, preguntó el rey, ahora más serio.— A nadie [A nadie: era una idea suya!].—En ese caso, ¿por qué te empeñas en decir que ella existe?.— Simplemente porque es imposible que no exista una isla desconocida.— [Entonces el rey empieza a pensar “quizás este hombre tiene razón”]. Y has venido aquí para pedirme un barco.— Sí, vine aquí para pedirte un barco.— ¿Y tú quién eres para que yo te lo dé?.—¿Y tú quién eres para no dármelo?.— Soy el rey de este reino y los barcos del reino me pertenecen todos.— Más les pertenecerás tú a ellos que ellos a ti.— ¿Qué quieres decir?, preguntó el rey inquieto.— Que tú sin ellos nada eres, y que ellos, sin ti, pueden navegar siempre...— Esa isla desconocida, si la encuentras, será para mí...— A ti, rey, sólo te interesan las islas conocidas… También me interesan las desconocidas, cuando dejan de serlo.— Tal vez ésta no se deje conocer. —Entonces no te doy el barco.— Darás.»

Ilustración tomada de http://franciscomendez.blogspot.com/2007_08_01_archive.html
que reproduce la acuarela original del autor
Más adelante nuestro personaje habla con otro personaje del libro: «Pero quiero encontrar la isla desconocida, quiero saber quién soy yo cuando esté en ella [...] ¿No lo sabes? Si no sales de ti, no llegas a saber quién eres. Es necesario salir de la isla para ver la isla, que no nos vemos si no nos salimos de nosotros mismos». Así Saramago nos muestra que en realidad existe un vínculo profundo entre el yo y la realidad. Los animales están inmersos en la realidad pero no se ven en la realidad, no se preguntan por qué: ‘por qué’ es la pregunta del niño, ‘por qué’ es la pregunta de aquél que quiere hacer ciencia. De nuevo Einstein decía: «lo más incomprensible del Universo es que parece ser comprensible». Y recientemente un científico francés que se dedica a un asunto de gran interés en la actualidad, como es comprender de qué manera funciona el cerebro, añadía a esta frase: «y lo más incomprensible de este incomprensible es que parece que nosotros podemos comprender cómo comprendemos».
La historia de Saramago continúa, y también expertos navegantes responden a nuestro protagonista. Le dicen que «la isla desconocida no existe, que no pasa de ser una idea de su cabeza, que los geógrafos del rey ya han declarado que las islas por conocer ya se han acabado hace mucho tiempo. Que debió haberse quedado en la ciudad, en lugar de venir a entorpecer la navegación». Y así la historia de la ciencia está también llena de grandes disputas. A menudo se ha combatido con fuerza la novedad, repetidamente se ha perseguido a los que han tratado de romper con lo establecido. Para hacer ciencia es también necesaria una lealtad, un amor a la verdad, un estar dispuestos a no aferrar como definitivamente cierto lo que uno ya cree saber. Es necesaria una concepción de la razón no como medida sino como apertura.
Por eso George Bernard Shaw afirma que el progreso en la ciencia va de la mano de los hombres «no razonables», de los hombres que no se doblan a la mentalidad por la que la razón se termina cristalizando en doctrina: «Un hombre razonable es aquel que se adapta al mundo. El hombre no razonable espera que el mundo se adapte a él [a su idea, a su deseo de que algo que parece imposible, sea cierto]. Por lo tanto, todo progreso es hecho por los hombres no razonables. «Hay pues un vínculo entre la “razón científica” y el afecto, es necesaria una actitud adecuada para hacer ciencia, un amor a la verdad, una moralidad.
 Ilustraciones tomadas de El principito, Antonie de aint-Exupery, Salamandra, 2006,
que reproducen las acuarelas originales del autor
El hombre «razonable» no admite la novedad. Wegener, un hombre ‘no razonable’, dijo a principios del siglo XIX que la tierra en un tiempo había formado un solo continente, la Pangea. Y que la India viajó por el océano índico y golpeó contra Asia, con un golpe tan brutal y violento que formó el Himalaya. «¡Wegener está loco!» Dijeron sus coetáneos. Y sin embargo el loco es el que hoy no acepta las bases de la geología moderna, que se fundamenta en sus ideas. Pero antes, el loco era él…
De nuevo es un poeta, el que nos recuerda el nexo entre la razón y el afecto. «La belleza es verdad y la verdad es bella. Es todo lo que sabemos y lo que necesitamos saber», nos dice John Keats. Pero también un matemático, quizás uno entre los tres más famosos matemáticos de la historia, Poincaré, nos narra la misma experiencia: «El científico no estudia la naturaleza porque sea útil, la estudia porque se deleita con ello, y se deleita en ello porque es bella. Si la naturaleza no fuera bella no merecería ser conocida, y si la naturaleza no mereciera ser conocida, la vida no merecería ser vivida.» ¡Lo dice uno de los mayores matemáticos de la humanidad!
De hecho la importancia de la Belleza es tal para el científico, que en ella se fundamenta, prácticamente, un método de trabajo. Por ejemplo, cuando Einstein elaboró la teoría de la Relatividad General, predijo una pequeñísima deflexión de la luz de Sol durante un eclipse, en torno a la luna. Los primeros resultados que se realizaron para verificarlo no confirmaban la teoría. Y Einstein entonces predijo: «el experimento está equivocado; la teoría es demasiado bella para ser falsa».
 FUENTE: Guiomar Ruiz. Desviación de la luz, proveniente de lejanas estrellas, observada durante un eclipse de sol.
Es necesario también decir algo sobre el recurso poético de la metáfora. Pero… ¿qué tiene que ver la metáfora con la ciencia? Aristóteles tenía el más alto concepto de la metáfora, de hecho decía que «lo mejor del mundo, con mucho, es ser un maestro de la metáfora. Es lo único que no se puede aprender de los demás, y es también la impronta del genio: una buena metáfora implica la percepción intuitiva de las semejanzas en las cosas que no son semejantes». Lo cierto es que todo progreso de una teoría científica se hace a través de metáforas. Que toda nueva teoría o toda generalización de una existente, no puede ser deducida, se hace mediante metáforas, porque si fuera posible deducir, por ejemplo, la teoría de la relatividad de Einstein a partir de la mecánica Newtoniana, sería parte de ella, no sería una generalización. No es posible generalizar usando una teoría que está siendo generalizada. Como dice Saramago, no es posible conocer la isla si no se sale de ella. Y como dice un gran científico amigo mío, lo que caracteriza al hombre es precisamente su capacidad de hacer metáforas. ‘Homo metaforicus’, él lo llama. Porque sólo el hombre lo sabe: no es posible conocer si no sale de él.

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