Donde hay amor, hay visión (Ubi amor, ibi oculus) - Ricardo de San Víctor



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Ibi Oculus
Por Vicente Cristóbal
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  FOTO: Parada bus 3, José del Río Mons 

  
                 El amor y los ojos son nociones atadas por una fuerte relación que el saber vulgar implícitamente conoce y que ha sido puesta a menudo en evidencia por el folclore y la literatura. Y esa relación es dialéctica, polémica incluso ¿Es verdaderamente ciego el amor como lo pintan?¿O más bien es hijo de la visión, está bien dotado en sus pupilas y ejerce dicha capacidad como parte de su esencia y oficio? Visión es conocimiento, comprensión y saber. En la antigua lengua griega, «yo sé» y «yo he visto» son una misma palabra (oida). Conocimiento y amor son los destinos de un camino que puede recorrerse acaso en sus dos direcciones. Los medievales (Juan de Salisbury, Ricardo de San Víctor) decían: Ubi amor, ibi oculus, esto es: «Donde hay amor, allí hay visión», «allí hay conocimiento, vislumbre, intuición, mirada penetrante, descubrimiento, sabiduría». Y es sólo la experiencia la que nos aclara este misterio y nos hace ver con los hechos que –inexplicablemente– el discernimiento del bien se confunde con el amor. Por eso Dios es al mismo tiempo el Amor y la Mirada (y entendemos así mejor su representación simbólica como el gran ojo encerrado en el triángulo trinitario): la Gran Mirada Amante sobre el universo. No estoy tan seguro, sin embargo, de que siempre, siempre,  se pueda recorrer inversamente ese camino y de que, en consecuencia, podamos decir también que donde hay visión y mirada, haya indefectiblemente amor (Ubi oculus, ibi amor), pero sí que creo –y me acompañan muchas autoridades de la Antigüedad, poetas y coleccionistas de sentencias sobre todo– que con harta frecuencia el ojo, la mirada, el conocimiento, es el origen del amor, y no sólo la mirada profunda y penetrante, sino, a veces, en los enamoramientos «por flechazo», la visión súbita y repentina, que tal vez reconoce de inmediato en el objeto amado, como por revelación, aquello que, casi sin saberlo, andaba siempre hasta entonces buscando; y lo reconoce sin más inquisiciones ni pruebas, voluntariamente a ciegas después de ese inicial deslumbramiento, desentendiéndose de ulteriores cábalas, argumentaciones y razonamientos, desentendiéndose de un conocimiento más particular y meticuloso, ya innecesario. Esta puede ser una de las razones que explica la imagen mitológica del dios infante con la venda en los ojos, el Amor ciego el Amor que no quiere ver más, porque se basta con ser amor sin un total conocimiento. «Cuando te vi –dice un pastor de las Bucólicas de Virgilio–, ¡oh, cómo perecí y cuán mal extravío se adueñó de mí!» (ut vidi, ut perii, ut me malus abstulit error!). El amor es figurado ahí como muerte y pérdida del anterior camino, pero nacido de una visión repentina. «En el amor los ojos son los que nos guían» (oculi sunt in amore duces), dice también el poeta Propercio. Y los paremiógrafos griegos transmiten la sentencia rimada que reza: ek tou gar esorán gígnet’ anthrópois erán, y que, reproduciendo la rima, podríamos con fidelidad trasladar así al castellan «En los humanos amar/ viene después de mirar». Así pues, la experiencia de los hombres, ya desde antiguo, nos enseña que el amor y la visión son las metas de una vía de doble recorrido. Y no es extraño que para los latinos un sentimiento contrario al amor como es la envidia sea concebido –según la etimología de la palabra nos enseña– como la «no mirada», o, mejor, la «contra-mirada» (in-vidia), y sea el significado castellano de este vocablo no sólo ‘envidia’ , sino ‘odio’, ‘rencor’, ‘antipatía’, ‘ojeriza’, y el mal de ojo sea, en consecuencia, para los antiguos, fruto de la mirada de un invidus; y no es extraño tampoco, dado el ancestral vínculo entre mirada y amor, que en nuestro idioma una expresión como «no quiero ni verlo» o «ni verla» venga a significar enfáticamente el desamor. Concluyamos, pues, que de la visión –iluminada y repentina, reveladora, o paciente, continuada y laboriosa–procede, siempre o a menudo, el amor. Y el amor, que conoce el bien del objeto amado, es ciego para el mal del mismo o lo perdona y lo cree insignificante al lado de su bien. El Amor es simultáneamente, por tanto, vidente y ciego; vidente acaso con un ojo y ciego con el otro. Y viceversa, el amor, de forma misteriosa, parece que abre las puertas al conocimiento y a una contemplación más auténtica de lo que se ama; y abre las puertas también al perdón y a la no visión o ceguera u olvido de lo que en el objeto pueda haber de no amable.  En cualquier caso, ubi amor, ibi oculus.  

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