 Elogio del horizonte, Eduardo Chillida
En 1939, estando la joven María Zambrano en Morelia, capital del estado de Michoacán, en México, escribe un breve ensayo con el título “Pensamiento y filosofía” y lo publica en la revista Taller, «fundada y dirigida por mi desde entonces amigo y admirado Octavio Paz».1 El mismo ensayo se recoge también como el primer capítulo de Filosofía y Poesía, un libro publicado en la misma Morelia por iniciativa del marido, Alfonso Aldave. El libro sería reeditado al cabo de muchos años, revisado y corregido por la autora, ya de regreso a España en 1987. En el prólogo de esta reedición, fechado en Madrid el 15 de febrero, la autora alude a las circunstancias que le llevaron a responder a la imperiosa vocación de escribir acerca del camino filosófico y del poético, ambos insoslayables en ella.
Fue en un otoño de «indecible belleza», cuando, «siendo irrenunciable en mí la vocación filosófica» –relata Zambrano– se le pidió, por una suerte de mandato invisible, escribir sobre un sentir y un pensar poético, sobre una razón poética. Y, al cabo de 48 largos años, identifica en «la virginidad virtud» la clave de dicha razón. Así lo explica en ese mismo prólogo: «Sabido es que lo más difícil no es ascender, sino descender. (…) He descubierto que el condescendimiento es lo que otorga legitimidad [a la razón], más que la búsqueda de las alturas. La virtud de la Virgen María fue no el encumbrarse, sino el condescender; eso sí, no sola. Yo no pretendo que en mí se cumpla (…) la virginidad virtud. No podría ser. Pero sí veo claro que más vale condescender ante la imposibilidad, que andar errando, perdido, en los infiernos de la luz».2 Más vale aceptar lo que nos precede, hospedar lo que se nos da y ceder ante la Alteridad misteriosa de la realidad y de su Autor, que pretender encerrar en un sistema el insondable Misterio que nos atrae.
He aquí el doble camino de la razón, el ascendente –como búsqueda anhelante– y el descendente –como atención disponible–, que entrelazados en los comienzos de la filosofía griega, fueron distinguiéndose y al fin separándose, hasta llegar al divorcio forzoso de la mentalidad moderna. Hecho debido a una reducción de la amplitud viviente de nuestra capacidad racional, a una suerte de esclerosis y senectud. La filosofía, que nació de la primordial admiración, optó por «arrancarse violentamente de ello y lanzarse a otra cosa, a una cosa que hay que buscar y perseguir, que no se nos da, que no regala su presencia. Y aquí empieza ya el afanoso camino, el esfuerzo metódico por esta captura de algo que no tenemos, y necesitamos tener…».3 «El filósofo, impulsado por el violento amor a lo que buscaba abandonó la superficie del mundo, la generosa inmediatez de la vida, basando su ulterior posesión, en una primera renuncia. El ascetismo había sido descubierto como instrumento de este género de saber ambicioso».4 Pero «no todos fueron por el camino de la verdad trabajosa y quedaron aferrados a lo presente e inmediato, a lo que regala su presencia y dona su figura, a lo que tiembla de tan cercano… no se lanzaron a buscar el trasunto ideal. [Permanecieron] Fieles a las cosas, fieles a su primitiva admiración extática…». 5
Ascesis y fatiga del pensamiento para buscar la verdad, descendimiento de «una verdad que solamente podía ser revelada por la belleza poética; una verdad que no puede ser demostrada, sino sólo sugerida por ese más que expande el misterio de la belleza sobre las razones».6 El filósofo busca la unidad, «quiere lo uno, porque lo quiere todo. Y el poeta no quiere propiamente todo, porque teme que en este todo no esté en efecto cada una de las cosas y sus matices; el poeta quiere una, cada una de las cosas sin restricción, sin abstracción ni renuncia alguna».7
Si Zambrano cifra la clave de una razón poética en la «virginidad virtud» es porque hay que condescender a lo que suscita tanto nuestra admiración como nuestra interrogación para que la razón no se vea obligada a optar por la violencia de un esquema, a imponerse como medida que siempre resulta insuficiente. Pero la reflexión de Zambrano no se detiene aquí. Culmina identificando la encrucijada donde búsqueda y don se encuentran, donde ascesis y gracia se suman, ascender y condescender se reclaman mutuamente. Es la encarnación del Hijo de Dios el hecho que reconcilia el camino ascendente de la razón con el descendente, el camino de la filosofía con el de la poesía, ambos necesarios porque vienen a dar respuesta al «amor menesteroso» del hombre por la verdad. «“En el principio era el Verbo”, el logos, la palabra creadora y ordenadora, que pone en movimiento y legisla. Con estas palabras, la más pura razón cristiana viene a engarzarse con la razón filosófica griega… Algo nuevo sin embargo había advenido…»8: «El logos se hizo carne y habitó entre nosotros, lleno de gracia y de verdad»9. La razón sigue recorriendo los caminos de la búsqueda y de la interrogación, la poesía los del hallazgo venturoso y del don gratuito. Pero ahora los dos caminos pueden manifestar su alianza en favor de los hijos de los hombres, en favor de todos los hombres y no sólo de algunos, los sabios y entendidos, a los que les estaba reservado el camino de la filosofía. En Cristo la admiración no se extingue, «la admiración que nos produce la generosa existencia de la vida en torno nuestro no permite tan rápido desprendimiento de las múltiples maravillas que la suscitan. Y al igual que la vida, esta admiración es infinita, insaciable…». Como tampoco se extingue la interrogación, más bien se abre constantemente y adquiere el rango de petición, así como la búsqueda se afianza y cobra seguridad por la presencia cercana, encarnada, de Dios.
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Filosofía y Poesía, Fondo de Cultura Económica, españa 2001, “A modo de prólogo”, p. 10.
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Ibidem, p. 11
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Ibidem, p. 16.
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Ibidem, p. 17.
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Ibidem, p. 17.
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Ibidem, p. 19.
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Ibidem, p. 22.
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Ibidem, p. 15.
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Ibidem, p. 25.
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